The Fool on the Hill

Preguntes a quien preguntes, todos tenemos una batería de primeros recuerdos; un pequeño cajón de sastre donde se apilan cajitas amontonadas sin orden ni concierto, que somos incapaces de colocar con algún tipo de lógica que no sea la memoria confusa de un infante mas o menos precoz.

A la cabeza de ese almacén caótico, en una mesilla de aglomerado con algunas astillas, hay un cofre especial que contiene el primer recuerdo con fecha, nombre y apellidos. Se abre con facilidad. Son muchas las veces que lo he abierto (porque me encanta el asunto de la mortificación) y tiene las bisagras bien engrasadas, preparadas para la próxima vez que me de por echar un vistazo ahí dentro.

Como una serpiente accionada por un muelle, te salta contra la nariz un letrero, rotulado con esmero y letras temblorosas de principiante: Vista previa de Navidad, 1980. Dentro, una caja de pinturas Plastidecor (la sofisticación de las Alpino no llegaría hasta muchos años después a esa casa junto a las vías del tren), una mesa camilla cubierta por gruesas faldillas y un tapete de ganchillo, y un folio con un dibujo titulado algo así como “The Fool on the Hill”.

Me gustaba observar a mi madre mientras pintaba. Entre nosotros, y ahora que ella ya no está para que le importe lo más mínimo mi opinión, siempre he pensado que tenía un cierto talento y mucho ego, pero poco más. No se le daba mal la composición, la mezcla de colores, el trazo de las figuras. También tengo que reconocer que ella me enseñó a dibujar pero, una vez comprobado que la habilidad de la hija superaba a la de la madre con pocos años, miraba desdeñosa mis creaciones y alegaba que las suyas, al ser menos obvias, solo estaban hechas para entendidos. Aprendí pronto a sonreír y darle la razón. Discutir con ella era como darse de cabeza contra un muro de adoquines mientras te disparan una docena de ballesteros con los virotes cargados de veneno.

Algo que solo podía acabar mal, generalmente, conmigo medio muerta en el suelo.

Ella pertenecía al grupo de personas que lloró la muerte de John Lennon más que la de un familiar especialmente querido. Días después de que le tirotearan, cogió los folios, los lapiceros y las Plastidecor y creó su obra homenaje al caído. Frente a ella, muy atenta, yo la observaba en silencio. Tenía dos años y una capacidad para el mutismo y la inmovilidad asombrosas en una niña de esa edad. Bueno, en realidad siempre la he tenido, lo que resulta molesto para la mayoría de gente que conozco.

Ni la madre ni la hija de este retrato costumbrista son demasiado perfectas, es lo que ocurre cuando hablas de gente real, no de maniquíes de cartón piedra.

Cuando terminó, me lo enseñó, satisfecha, llorosa.

Tuvo que explicarme lo que estaba viendo, por varios motivos: recordad, tenía dos años. Si poco sabía de ilustrar (mi experiencia se limitaba a rellenar montones de racimos de uvas, practicando de forma obsesiva el no salirme de la línea que delimitaba cada fruta y el que no se apreciara ni una sola marca de pintura. Siempre eran moradas.), menos aún sabía de simbolismo, o de leer y escribir, no digamos ya de hacerlo en un exótico idioma extranjero.

Todavía anda por ahí, no sé si en uno de mis cajones de recuerdos tangibles o en una de sus muchas carpetas, aún pendientes de fumigar. Un hombre alegre sentado al borde de un precipicio, sus piernas se balancean. El horizonte es añil y lavanda, la tarde empieza a ser noche y la luz de ese momento está bellamente plasmada. También la melancolía, a pesar de la sonrisa del cuasi suicida. En algún lugar, ya no recuerdo si arriba o abajo, una leyenda: “The Fool on the Hill”. En la esquina inferior izquierda, la fecha y el nombre de la artista. Siempre firmó así sus dibujos y sus libros.

Después de sus explicaciones emocionadas de las que no tengo imagen pero sí puedo imaginar (porque eran las mismas de siempre), solo pude deducir una cosa: Mi madre quería más a John Lennon que a mí.

Si hubiera caído fulminada por un rayo divino ahí mismo, ella me habría llorado menos que a su ídolo. Y con total probabilidad, no me hubiera dedicado un homenaje tan sentido.

Nada me ha hecho cambiar de opinión en todos estos años.

Los amores tempranos no se olvidan, eso todos lo sabemos bien. Lo que no entendemos del todo es que no siempre se trata del amor romántico: puedes amar una idea, una vocación, una figura platónica que representa todo lo que quisiste y nunca tendrás. El mío son los trenes, pero esa es otra historia que ya fue contada en otra ocasión.

La madre amó a John Lennon. La hija no fue capaz de escuchar a The Beatles sin rencor hasta que tuvo dieciocho años, cuando las loas a Lennon y McCartney no resultaban veneno para sus oídos y hacía mucho tiempo que había elevado la bandera blanca de la rendición incondicional.

Y también los amó. Pero, como no podía ser de otra manera, el favorito fue George Harrison. La niña olvidada se encaprichó del Beatle invisible.

Ella me cantaba “The Fool on the Hill”. Decía que era yo, que esa era mi canción.

Mientras tanto, yo pensaba que, de haber tenido una pistola, también habría matado a John Lennon.

Son cosas que pasan.

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ELLA ERA VIDA

Supe que mi madre había muerto mientras Bob Dylan cantaba Knockin on Heaven´s Door, y me pareció delirante y perfecto a la vez. Se llamaba Marina y tenía 53 años. Tenía los ojos verdes y la piel de oliva, los dedos largos, las piernas flacas. La sonrisa fácil y el grito también.

Era vital. Era vida. Comiéndose su existencia hasta el punto que se la atragantaba. Bebiéndola hasta asfixiarse. Llevando al límite eso tan usado de Carpe Diem, convirtiéndolo en exceso y en destrozo. Eso era. Y ahora, ya no es.
Si era vida y la vida se acaba, no queda nada. Tuvo una agonía de seis horas por ser vida, porque se negaba a aceptar ser muerte. Eso me contaron. No se rendía, no se apagaba, no se conformaba. Era una llama que ardía pero ya no era capaz de calentar. Ella era vida, y a la vida se agarró con uñas y dientes, a pesar del daño que se hacía. A pesar de que hubiera sido mejor dejarse llevar después de cuatro años y medio luchando una batalla que perdió antes de empezar.
A las dos y dos de la madrugada, la vida se acabó. Casi hasta el último momento fue consciente de todo lo que ocurría a su alrededor y, de repente, ya no sucedió nada más.
A las dos y dos de la madrugada yo estaba en un coche, intentando asistir a ese final, pero deseando secretamente no llegar a tiempo. Recordarla como vida, no como muerte. Y tuve suerte, porque la noticia llegó en la carretera, antes de un control de alcoholemia de la guardia civil en el que nos tocó parar.
Cuando la vida se acaba, suena el teléfono. Siempre es así. La mano de mi hermana buscó a mi abuela, sin cambiar su tono de voz mientras hablaba con el cuervo de mal agüero y ahí, supe que todo había acabado. Repartió pañuelos, y creí que se había vuelto loca cuando, con voz alegre y desquiciada, sonrió y me dijo: “Qué suertuda, ahora está con el yayo”.
Entonces lloré, igual que ahora estoy llorando.
Por una madre que no me enseñó a leer o a escribir. Que no me llevó de la mano por la infancia ni me sufrió en la adolescencia. Que no me habló de sexo, de chicos, de drogas o, al menos, no lo hizo hasta que ya tratamos el tema como mujeres adultas. Como iguales. Pero sí me enseñó a amar los libros y la música, a comer Big Mac hasta reventar y beber (y cantar) Tequila Sunrise. A adorar a los Eagles por encima de (casi) todo.
Era mi madre y no lo era. Pero la quería. Y también la odiaba. De la misma forma irracional en la que ella amaba y odiaba a la vez. Desde las tripas. Con toda su alma.
Nunca hablamos tanto como en estos últimos años. Nunca nos dijimos te quiero hasta los últimos días. “Estoy muy mal, hija”, dijo ella. “Te quiero mucho, mamá”, contesté yo. “Y yo a ti, vida mía”. Eran las siete y media de la tarde. Me dijeron que, a las ocho, empezó a agonizar, y yo, que soy muy de encontrar cosas maravillosas donde no las hay, pensé en que me había esperado, como todos los días, siempre a la misma hora, para decirme eso. Para que yo le dijera lo que nunca le había dicho. No está mal como última conversación, como despedida. Nada mal.
No quise ver su cadáver. Ella no estaba allí, encerrada en ese cuerpo. Me llevé su imagen de la última vez que nos vimos, esforzándose por hablar, reír, hacer la comida y dormirse en el proceso. Agarrada con uñas y dientes a una existencia dolorosa que empezaba a escapársele. Obligándome a prometer que cuidaría de las chicas. Me reí y le dije que ya lo haría ella, que se pondría bien, aunque las dos sabíamos que no sería así. Que eso solo era la Gran Mentira Final.
No sé si dejó algo que hacer, aunque me extrañaría. Se llevó sus historias, sus secretos, sus amores y sus odios.
Ella era vida. Ya no lo es. Me pregunto dónde la deja eso.
Dónde nos deja a todos nosotros.
Te quedaste sin conocer a Lily, a Cotton, a Biscuit y a Sugar. Sin ver la película nueva de Mad Max, ni la nueva temporada de Cuéntame, con lo que te gustaba a ti contar que te gustaba porque, el tal Carlitos, que no sé quién es, tenía la misma edad que tú.

No viste la casa de Sol, que no sé si te hubiera gustado, porque está a hacer puñetas y hay bichos y culebras, pero habrías estado muy orgullosa de ella, de su casa, de su vida. Es lo que tiene esta Sol, que hace que estemos muy orgullosos de ella y de las cosas que consigue. Ah, y Marinita ha vuelto a bailar. Me parece maravilloso. Poético. Pero no sé cómo voy a cuidar de ella, si ni siquiera sé cuidar de mí. Ya sabes que se me da fatal.
Yo sigo igual. Para lo bueno y para lo malo. Y, cuando llegan las siete y media de la tarde, a veces, sigo cogiendo el teléfono, sin saber muy bien lo que estoy haciendo. A veces estoy a punto de llamarte, para contarte que, por fin, salió la revista con mi cuento. O que no puedo respirar.
Y ahora llega el otoño, y todo se muere. Y este mes de Octubre va a ser una pesadilla, porque yo no soy como Sol y no me sale eso de creer en algo.
Solo sé que os habéis ido y que tengo frío.

Y que joder, mamá, te has muerto sin explicarme cómo coño se hacen las croquetas de chorizo.

Hace muchos, muchos años, en un reino lejos del mar.

Hace muchos, muchos años, en un reino lejos del mar.

ANIVERSARIO FATAL

La muerte es una sábana de hospital blanca y azul, es el olor a amoniaco, a lejía, a enfermedad y a tristeza. Viene tumbada en camas con ruedas que chirrían, en sillas rotas de skay marrón, en máquinas de café amargo como la hiel. Te la sirven con cucharillas blancas de plástico pasado, con demasiado azúcar para tapar el sabor de los mosquitos que pueblan las ventanas, sea verano o invierno.

La muerte es un teléfono que suena, o uno que no contesta, o quizá el sonido de una conexión que parece nunca llega, o simplemente, un teléfono que no deja dormir. No la oyes, porque viene apagándolo todo, y lo deja todo en silencio, amortiguado y sordo.

Es la amnesia de los sentidos, el ácido en el estómago, olor a polvo espeso y gris, el sabor amargo de algo que se escapa y que no sabes lo que es, algo áspero que no puedes atrapar, el tacto de tu propia piel herida por tus uñas, intentando arrancarte un grito que no llega… y no ves nada, no hueles nada… solo ese rastro gris y sucio que te lleva a no poder respirar.

La muerte es el viento huracanado de un día lluvioso, que te susurra al oído todo lo que no quieres ni puedes ni debes oír, es un sonido apagado, amortiguado, es un gemido de alguien que conocías pero al que no reconoces y es todas esas palabras vacías que no oyes, todas las carentes de valor que no escuchas y todas las que pudiste decir y nunca salieron de tu boca.

La muerte es una tarde de octubre, es una siesta interrumpida, es un jadeo, una puerta que no se abre, unas manos que tiemblan y no aciertan a nada.

O quizá, solo quizá, la muerte simplemente sea el olvido.

Death

DE ENTRE LOS MUERTOS (FROM HELL)

Buena hora-entre-horas, estimado y nuevamente olvidado lector invisible.

El abandono, esta vez más producido por la falta de algo (bueno) que contar, de la frustración y la rabia, que por la desidia y el olvido, parece que toca a su fin.

Y eso es bueno. Son ciclos.

Regnabo. Regno. Regnavi. Sum sine regno.

Y este ourobórico latinejo, que reza en la carta de la Rueda de la Fortuna del Tarot, me viene estupendamente para contarte una cosa, un secreto no tan secreto, aquí, entre tú y yo.

He pecado. He escrito en otro sitio, no solo para ti, no solo para tus ojos.

Pero me ha venido bien. Desconectar. Cambiar de partitura.

Colaborar con La Culpa es del Script, un estupendo lugar para leer acerca de cine, series, domingos…

Y ahí me he colado. Despacito, en silencio, justo como a mi me gusta. Pero, para mi sorpresa, me he encontrado con un gran alboroto, que no he entendido muy bien, pero me ha gustado. Eso de estar viva otra vez.

Eso de escribir otra vez.

De la Luna.

De Carnivàle.

Del bien y del mal.

De todo eso que tanto me gusta.

Seguiremos leyéndonos por aquí, apreciado lector invisible.

En la hora-entre-horas.

Carnivale1

UN DOMINGO CUALQUIERA

Recuerdo ese domingo, que no era cualquier domingo, en el que hacía como mil años que no veía el mar. Tantos, que casi me dio la impresión de que no fui yo, de que fue otra persona la que estuvo por allí. No en ese punto de tierra exacto, pero sí en esa mar, madre de civilizaciones. Allí, en la sopa espumosa que es el Mediterráneo. Donde una noche especial estuvimos tu y yo y un Tequila Sunrise.

De noche, el mar pareció un café expreso. Negro, sin azúcar. Un mar comestible, con puntitos brillantes. Era un mar triste, pero amable. No sonó, se presentó tímidamente y se quedó quieto sin decir más, sin molestar. Pero por la mañana el mar se metamorfoseó. Era de un azul frío y duro, y mientras intentaba contemplarlo, el sol me llenó los ojos de lágrimas que apenas me dejaban ver. Dolían, escocían. Cada vez veo menos a la luz del día.

Todos dormían, estrenábamos domingo. Yo ya no, como siempre. Soñé con pantalones vaqueros tan caros que no me los podía comprar, y eso me asustaba. Qué estupidez.

Ya había estrenado el día. Café y tabaco, el mar y el cielo. ¿Qué más podría pedir?

Quizá no tener que recurrir a las pastillas blancas para 50 miligramos de tranquilidad matutina.

Quizá no tener que enfrentarme a los días como si fueran una batalla.

Quizá… solo dejar de sentir esta angustia tan espantosamente familiar.

Quizá, dejar de estar aterrorizada por pensar que nunca volveremos allí, tu y yo, a bebernos una canción.

Pero estar a la vez tan lejos y tan cerca del mar no ayuda mucho a dejar de tener miedo al miedo.

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PEQUEÑAS COSITAS NEGRAS

Una legión de pequeñas cositas negras se desliza por mi garganta, como un ejército de hormiguitas en perfecta formación. Murmuran y ríen, y cada paso que dan las hace más difíciles de tragar.

Son… todas esas pequeñas cositas negras de las que no se puede hablar.

A veces se meten en la cabeza, y se convierten en un punto en mitad de la frente. Dan vueltas sobre sí mismas, se enroscan y no puedes dejar de mirarlas. Hacen que pienses en lo malo, en lo oscuro, en todo eso que no se debe tener ni siquiera en cuenta. Son…

…todas esas pequeñas cositas negras en las que no se debe pensar.

Otras veces se sientan en la lengua, con sus patitas cortas como mentiras colgando hacia fuera, pugnando por salir. Y tienes que morderlas y hacerte daño, porque quieren salir de la boca, tomar forma y escapar. Colarse en los oídos ajenos, como parásitos venenosos y envenenados y susurrar las palabras prohibidas. Son…

… todas esas pequeñas cositas negras que nadie puede oír.

Y algunos días, las tienes en la punta de los dedos. Y te sientas, y escribes, y juegas con ellas como quien juega con un niño. La tinta las hace libres y vuelan por el papel. Sonríes mientras las miras, saltando alegres con su máscara inocente y perversa y piensas… no es tan malo, no es tan sucio. No está prohibido. No pasa nada.

Les das alas y… un niño las encuentra. Y tienes miedo, porque ahora también viven en él…

… todas esas pequeñas cositas negras que nunca debí contar.

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Leopoldo María Panero, mi madre que no me parió.

El 18 de Septiembre del año pasado escribí un pequeño, no sé si panegírico, homenaje o ridículo desahogo a Juan Luis Panero. El hombre. El poeta. El ídolo. Mi padre que no fue.

Lo de ridículo desahogo, o ridícula impostura, siempre me ha parecido algo a tener muy en cuenta. Ridículo es pasarse, ridículo es no llegar. Ridículo es todo lo falso, todo lo que no te salga de las tripas, y hoy hay mucho de eso. Me viene a la cabeza algo que no lo es, pero que fue escrito hace tiempo, por el hombre que casi conoció a Michi Panero: “Dejadme preguntar: ¿Es esto el final? Y si es así, decid: ¿Me vais a extrañar? ¡Ah, veo que asentís pero yo sé que no!”

Yo se que no. Que mañana, nadie le extrañará.

De hecho, no creo que hoy nadie le extrañe. A él, a Leopoldo María. Mi madre que no me parió.

Aquí podría empezar lo ridículo, eso de lo que hablaba antes. Eso de lo que siempre huyo. Pero espero que no sea así. Quitando ciertos párrafos bizarros, o cuando enloquezco por un buen melodrama, no son lo mío las operetas. Será esta cualidad castellana, tan austera ella, que comparto (compartía) para bien o para mal con el que considero mi madre, mi magister, el que me llevó de la mano por la senda de la poesía más oscura, desbocada y serena a la vez. Y eso si que no. Nada de ridículo hiperbólico (que  yo también, cuando digo no, es no).

Pero sí rememoraré lo más importante: Un conejo blanco. Imágenes móviles en blanco y negro. Las palabras que no me escribió y las que sí le escribí yo a el. El Desencanto y los años que vinieron después. Soma. Las ganas y los viajes planeados al manicomio para por fin conocerle que, como tantas otras cosas, se murieron por el camino. El dolor en el corazón y las lágrimas en los ojos al encontrar por fin, lo que no me daban otros poetas. Castilla. Estos eriales de piedra y una cierta visión estéril y yerma del futuro y del presente. Saber que se podía hacer, porque él lo había hecho antes, así que yo… yo también podía, desde la distancia humilde que te impone la admiración absoluta. La coca cola y el tabaco. De nuevo, el manicomio.

Y hoy se ha muerto.

No han sonado las campanas publicitarias hasta muchas horas después.

Hoy todos le adoran, hoy todos le repudian, pero hoy, nadie le extraña. Hasta luego, Leopoldo María. Ya nos veremos, sea donde sea. Donde nos den coca cola y nos dejen fumar, si no, a mi que no me esperen. Más que nada, porque tú no estarías en un lugar así. Y ese día, por fin, te contaré un cuento, un cuento de un Loco dentro de mi que grita, y de una Idiota dentro de él… que llora.

Mientras, escucharemos la música de un Vals Negro.

En la hora-entre-horas.

ARS MAGNA

Qué es la magia, preguntas
en una habitación a oscuras.
Qué es la nada, preguntas,
saliendo de la habitación.
Y qué es un hombre saliendo de la nada
y volviendo solo a la habitación.

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