DONDE LOS TRENES VAN A MORIR (The Ghost of Christmas Past)

De acuerdo, lo tengo en la punta de la lengua y no me sale. Es como la sensación de tener un grano y no saber dónde. O ese dolorcillo en la punta del pie, en un dedo que no sabes especificar. Esa sensación tan puñetera de querer quitarte algo de encima, que no pesa especialmente, pero vaya si jode.

De acuerdo, de acuerdo, ya sé que no es manera de empezar, pero es que no se me ocurría otra. Y es cierto que lo tengo en la punta de la lengua, un enorme grano de sal que empieza a escocer. También es cierto que no quiere salir, no le apetece tomar forma. Se me escapan los dedos y escriben lo que les da la gana, una marea incontrolable de palabras desconectadas quiere colarse en el papel y no puedo frenar esta sarta de incoherencias.

Entropía.

Todo tiende al caos.

Qué frenesí tan agradable, qué estupendo delirio, qué bendita, deliciosa, magnífica sensación de estar desquiciada… Bendita seas entre todos los universos ordenados y precisos, bendita, loada, ensalzada, por tu exquisito desorden, por tus ganas de salir y de que te dejen tomar el control. Deliciosa y paradójica, la entropía llamando al orden.

Mi mitad oscura me llama. Yo le abro la puerta.

Es la hija de puta más fantástica que he visto nunca. Y está cabreada, muy cabreada, porque siempre encuentra la puerta atrancada. Ya no más, ¿verdad, vieja amiga? Ya está bien. Asoma la patita, esta vez no te la voy a pillar. Que sí, de verdad, esta vez no hay engaño. Mira como me tiemblan las manos, se me va a caer el cigarro, no podría frenarte aunque quisiera. Cógeme en brazos y llévame esta vez tú a mi, que yo ya no puedo. Perdón, a ti no puedo mentirte, no es que no pueda, es que ya no quiero. No me apetece. Qué sueño tengo.

Mi mitad oscura brama y ruge, y me lleva a la estación donde se mueren los trenes. Me enseña los amasijos de hierros retorcidos y carcomidos, oxidados, rojos, verdiazules, entre el tétanos, las infecciones, las bacterias (encantadores bichitos que abundan en los yogures, qué caramba), los yonkis, las vías que no van a ninguna parte… Aquí vienen los sueños a morirse de depresión. Y los trenes a morir de viejos. Hermoso paisaje de destrucción inevitable, de descomposición sin remedio. ¿A qué vinimos? ¿Por qué esta vez aquí?

Porque esta es mi casa, me dice. Y se queda tan a gusto. Porque aquí me dejaste para que yo también muriera.

Vaya, no te imaginaba tan zorra.

¿Te acuerdas de ese día? ¿Del cementerio de trenes? ¿De las ganas de llorar la primera vez que pasaste por allí? ¿De la grava y los raíles que les servían de lápidas? Llegué del mundo de los vagones de mercancías llenos de furgonetas, de los atropellos nocturnos, de los Talgos nuevos y relucientes… Cuando todo está en movimiento, cuando que te arrollen es lo más posible, cuando el ruido y las luces y la tierra temblando es el pan nuestro de cada día, no ves como algo factible un lugar como aquel. Me acuerdo. Recuerdo los ojos como platos mirando ese lugar imposible, ese osario metálico que solo podía ser una pesadilla, las lágrimas al ver que los trenes también morían. Ese día lloré otra vez, en el Museo de Cera. Allí también estaban todos muertos.

¿Te dejé allí, dices? Puede ser. Pero tras muchos retornos  volví  por ti. Y siempre miraba por la ventanilla, sin poder apartarme del todo de ese lugar. No sabía que tú también corrías por el cementerio de los vagones perdidos. No tenía ni idea de que rondabas por el lugar donde yo me fui a morir una vez. Y tiene su perversa lógica, su pizca de magia oscura, que tu refugio fuera mi metafórica tumba. Aunque ni tú te hayas quedado allí ni yo quiera descansar en paz.

Mi lugar favorito. Esa cripta sin techo, ese laberinto con miles de salidas. Compraría palomitas y me sentaría entre ellos, entre los viejos trenes muertos, a ver pasar a los vivos. Saludaría con la mano al pasar a los niños tras el cristal, a los trabajadores vestidos de amarillo fluorescente, a las plantas raquíticas que crecen entre la grava. Y me llenaría de piedras los bolsillos para que esta vez no me llevara el viento. Si, esta vez no le dejaría.

No me creen, ¿sabes? Nadie me cree cuando les hablo de ti, mi voraz compañera. Noto la compasión en sus ojos, sus asentimientos ficticios y condescendientes, les oigo decir que ya se me pasará la tontería. Que sí, dicen, cuando les cuento lo que pasa, lo que quiero, lo que ví… No me creen. Pero llevo tiempo notando como tú, mi preciosa y bastarda mitad oscura, aumentas, en tamaño, en intensidad, y me llamas, y me hago la loca para no contestarte, para seguir caminando por esta cuerda floja y afilada de cordura enloquecida. Si hija, si, lo que tu digas, anda, deja de decir chorradas. Y me quedo mirando, y yo también digo que sí… ya verás, el día que por fin lo haga…

Mi malvada mitad oscura me ha contado que puedo hacerlo. Dar el salto sin paracaídas. Tirarme sin red. Ella lo dice. Yo la creo. Me rindo a la evidencia. Vámonos al otro lado, donde han llevado a los trenes muertos. Donde se me murieron los sueños un día frío, frío, frío… Dejemos que la angustia coja la cuchilla y se raje las venas entre los raíles cadavéricos. Después de todo, el otoño es la estación propicia para la muerte.

Es el momento de pasar al otro lado del espejo.

I´m the Ghost of Christmas Past.

Nos veremos,  en ese lugar de luces negras que tú también conoces. Te contaré cuentos mientras duermas y te besaré los párpados cuando mueras. Te lo prometo.

Prometo ser buena. Pero no sé cual será mi imagen en esta cara oscura de mi propia moneda. Prometo volver para jugar contigo al escondite y llevarte al cementerio de trenes, pequeño hacedor de mentiras, mi querido, queridísimo, príncipe negro. Verás qué juerga nos corremos.

Mi mitad oscura me ha contado una historia de caballos blancos y caballos negros. Y me ha dicho cómo hacer que veas mi rostro en tu ventana. Solo hay que correr muy deprisa entre las vías y no mirar a los trenes que todavía están vivos.

Solo hay que… dejarse llevar.

I´m the Ghost of Christmas Past.

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