ELLA ERA VIDA

Supe que mi madre había muerto mientras Bob Dylan cantaba Knockin on Heaven´s Door, y me pareció delirante y perfecto a la vez. Se llamaba Marina y tenía 53 años. Tenía los ojos verdes y la piel de oliva, los dedos largos, las piernas flacas. La sonrisa fácil y el grito también.

Era vital. Era vida. Comiéndose su existencia hasta el punto que se la atragantaba. Bebiéndola hasta asfixiarse. Llevando al límite eso tan usado de Carpe Diem, convirtiéndolo en exceso y en destrozo. Eso era. Y ahora, ya no es.
Si era vida y la vida se acaba, no queda nada. Tuvo una agonía de seis horas por ser vida, porque se negaba a aceptar ser muerte. Eso me contaron. No se rendía, no se apagaba, no se conformaba. Era una llama que ardía pero ya no era capaz de calentar. Ella era vida, y a la vida se agarró con uñas y dientes, a pesar del daño que se hacía. A pesar de que hubiera sido mejor dejarse llevar después de cuatro años y medio luchando una batalla que perdió antes de empezar.
A las dos y dos de la madrugada, la vida se acabó. Casi hasta el último momento fue consciente de todo lo que ocurría a su alrededor y, de repente, ya no sucedió nada más.
A las dos y dos de la madrugada yo estaba en un coche, intentando asistir a ese final, pero deseando secretamente no llegar a tiempo. Recordarla como vida, no como muerte. Y tuve suerte, porque la noticia llegó en la carretera, antes de un control de alcoholemia de la guardia civil en el que nos tocó parar.
Cuando la vida se acaba, suena el teléfono. Siempre es así. La mano de mi hermana buscó a mi abuela, sin cambiar su tono de voz mientras hablaba con el cuervo de mal agüero y ahí, supe que todo había acabado. Repartió pañuelos, y creí que se había vuelto loca cuando, con voz alegre y desquiciada, sonrió y me dijo: “Qué suertuda, ahora está con el yayo”.
Entonces lloré, igual que ahora estoy llorando.
Por una madre que no me enseñó a leer o a escribir. Que no me llevó de la mano por la infancia ni me sufrió en la adolescencia. Que no me habló de sexo, de chicos, de drogas o, al menos, no lo hizo hasta que ya tratamos el tema como mujeres adultas. Como iguales. Pero sí me enseñó a amar los libros y la música, a comer Big Mac hasta reventar y beber (y cantar) Tequila Sunrise. A adorar a los Eagles por encima de (casi) todo.
Era mi madre y no lo era. Pero la quería. Y también la odiaba. De la misma forma irracional en la que ella amaba y odiaba a la vez. Desde las tripas. Con toda su alma.
Nunca hablamos tanto como en estos últimos años. Nunca nos dijimos te quiero hasta los últimos días. “Estoy muy mal, hija”, dijo ella. “Te quiero mucho, mamá”, contesté yo. “Y yo a ti, vida mía”. Eran las siete y media de la tarde. Me dijeron que, a las ocho, empezó a agonizar, y yo, que soy muy de encontrar cosas maravillosas donde no las hay, pensé en que me había esperado, como todos los días, siempre a la misma hora, para decirme eso. Para que yo le dijera lo que nunca le había dicho. No está mal como última conversación, como despedida. Nada mal.
No quise ver su cadáver. Ella no estaba allí, encerrada en ese cuerpo. Me llevé su imagen de la última vez que nos vimos, esforzándose por hablar, reír, hacer la comida y dormirse en el proceso. Agarrada con uñas y dientes a una existencia dolorosa que empezaba a escapársele. Obligándome a prometer que cuidaría de las chicas. Me reí y le dije que ya lo haría ella, que se pondría bien, aunque las dos sabíamos que no sería así. Que eso solo era la Gran Mentira Final.
No sé si dejó algo que hacer, aunque me extrañaría. Se llevó sus historias, sus secretos, sus amores y sus odios.
Ella era vida. Ya no lo es. Me pregunto dónde la deja eso.
Dónde nos deja a todos nosotros.
Te quedaste sin conocer a Lily, a Cotton, a Biscuit y a Sugar. Sin ver la película nueva de Mad Max, ni la nueva temporada de Cuéntame, con lo que te gustaba a ti contar que te gustaba porque, el tal Carlitos, que no sé quién es, tenía la misma edad que tú.

No viste la casa de Sol, que no sé si te hubiera gustado, porque está a hacer puñetas y hay bichos y culebras, pero habrías estado muy orgullosa de ella, de su casa, de su vida. Es lo que tiene esta Sol, que hace que estemos muy orgullosos de ella y de las cosas que consigue. Ah, y Marinita ha vuelto a bailar. Me parece maravilloso. Poético. Pero no sé cómo voy a cuidar de ella, si ni siquiera sé cuidar de mí. Ya sabes que se me da fatal.
Yo sigo igual. Para lo bueno y para lo malo. Y, cuando llegan las siete y media de la tarde, a veces, sigo cogiendo el teléfono, sin saber muy bien lo que estoy haciendo. A veces estoy a punto de llamarte, para contarte que, por fin, salió la revista con mi cuento. O que no puedo respirar.
Y ahora llega el otoño, y todo se muere. Y este mes de Octubre va a ser una pesadilla, porque yo no soy como Sol y no me sale eso de creer en algo.
Solo sé que os habéis ido y que tengo frío.

Y que joder, mamá, te has muerto sin explicarme cómo coño se hacen las croquetas de chorizo.

Hace muchos, muchos años, en un reino lejos del mar.

Hace muchos, muchos años, en un reino lejos del mar.

DAWN TO DUSK

Buena hora-entre-horas, apreciado Lector Invisible, aunque me temo que, para cuando quiera acabar esto, ya haya pasado hace un buen rato (no estoy muy fina con el manejo de las teclas)

Llevo unos días por aquí, y aún me quedarán unos cuantos más. El parón en las publicaciones del blog no es algo que me guste hacer, pero problemas de salud me impiden escribir. Literalmente.

Mis manos de momento son mis peores enemigas, y voy a necesitar un tiempo para que todo vuelva a la normalidad.

Espero que tengas paciencia, que volvamos a leernos en cuanto todo esté algo más… correcto. Cuando pueda escribir en condiciones sin tener ganas de gritar.

Mientras tanto, por aquí seguiré, aunque en silencio, buscando más gramos de Soma que me lleven a una oscura eternidad en la Luna, porque hoy, realmente lo necesito.

Nos veremos, de nuevo por aquí. En la hora-entre-horas.

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Y POR FIN, LA NADA

Una mujer, fumando mientras tirita por un frío que no existe, mientras dibuja letras en un cristal empañado por su propio aliento. Una mujer con un cigarro a medio consumir. De nuevo, yo.

La avenida está oscura, sembrada de farolas que emiten una luz muerta, que succiona la poca luz, como una bandeja de canapés rancios pinchados con palillos inútiles pero afilados. La avenida, donde una vez hubo flores y árboles, donde una noche hace demasiadas noches tuve que preguntar por el camino a casa.

El asfalto abandona su aspecto lineal y se curva. La avenida es una montaña rusa, con looping incluido donde ponerte patas arriba, se ensancha y gira sobre si misma al ritmo de un viento que… tampoco existe.

Todos los caminos que me llevan a casa se han convertido en pesadillas vivientes…

Encendí el segundo cigarrillo al ver que al final de la avenida no había nada.

No era una nada como un muro. No era una nada como una señal de stop. No era una nada como un barranco.

Era la nada de La Historia Interminable. La que perseguía a Atreyu y le convertía en alguien gris y enfermo. Pero ni yo soy Atreyu ni tengo un dragón de la suerte. Aún así, allí estaba. El vacío tras el último universo. La Nada.

Claro, pensé, por eso no hay viento, ni frío, ni lluvia. Porque se los ha comido. Y ese pensamiento hizo que tuviera que sentarme en mitad de la avenida negra, mareada por sus curvas, por su silencio, por su… Nada.

Encendí el tercer cigarro y me quedé sin gas en el mechero.

En el fondo, era lo normal. Si venía La Nada, tampoco quedaría gas en los mecheros.

Conté los segundos que tardaba en devorar la tierra con mi reloj parado. No fue tan difícil como parece. Y los números también se fueron. La Nada se los comió. También se comió el miedo, las lágrimas y, muy despacio, empezó a aniquilar los recuerdos.

Adiós infancia. Adiós juventud. Adiós adiós adiós…

Bendita seas, dije. Bendita seas.

A mis pies… querría decir que había un abismo, pero es mentira. No había nada. Bueno, en realidad… en realidad había Nada. ¿Sabéis a qué me refiero? Nada. Eso había. Estaba quieta y me miraba. Ya había engullido todo, y estaba repleta, satisfecha, pero quieta. Demasiado quieta.

Toma, le dije. Llévate el último recuerdo, todavía queda uno.

La Nada no hacía nada. Suena como un mal chiste, pero, ¿qué otra cosa puede hacer La Nada, sino avanzar, comer y nada?

No lo quiero, dijo ella. Ese no lo quiero. Ese mata.

Tómalo, volví a decir. Llévatelo lejos y llévame a mi también. Es un recuerdo secreto, nadie se enterará nunca.

No lo quiero. Ese mata.

Bendita seas, llévatelo. Por favor…

Me miró con sus ojos de Nada y se dio la vuelta. Se marchaba sin mi y sin mi recuerdo mortal.

Me quedé sentada, viéndola marchar, dejando una avenida a medio comer, como ese sandwich que queda en la bandeja tras una fiesta, el bocado endurecido y reseco que nadie quiere. Soy un sandwich de mortadela abandonado, me dije. Soy el poso del café.

Soy un puto recuerdo que mata.

Y no tengo mechero.

infinity

LA LLEGADA DE LA TORMENTA

Una mujer fumando, viendo como su aliento empaña un cristal. Una mujer frente a una puerta con barrotes metálicos, fumando, respirando. Una mujer, como siempre, yo.

La calle alargada se estrecha, adoptando la perspectiva cónica de los cuadernos de dibujo de la niñez. Las aceras y ventanas, nítidas y en relieve, hechas con un tiralíneas gigante. Las farolas luchan con su fantasmal luz naranja para hacerse visibles entre la tiniebla, a las cinco de la tarde. Y es que el cielo es como un agujero negro sin final y sin principio. Ha llegado la tormenta.

Salir a la calle fue fácil. Solo hay que dar un paso detrás de otro e intentar no pensar. Y, sobre todo, no mirar hacia arriba, donde enormes nubes devoran el día. Se extienden a la velocidad del miedo, que es mucha, suenan como una carrera de fórmula uno. Se extienden y suenan, si, y empiezo a correr.

El día deviene en crepúsculo temprano y aterrador. Los adoquines y el asfalto son vallas en mi carrera de obstáculos, y corro, corro buscando a…

Encendí el segundo cigarro cuando me di cuenta de que no sabía a quién buscaba. Aspiré el humo, con los pulmones ardientes por la carrera. El dolor, atroz, me dobla por la mitad. Pero sonrío, eso es que aún estoy viva.

Alguien cumple años hoy, recuerdo, mientras esa noche repentina y feroz me cae encima, con la fuerza de un piano de cola lanzado desde un octavo piso. Alguien cumple años, pero no sé quién… Recuerdo velas en una tarta, recuerdo canciones y fotos.

El primer trueno llega cuando el esfuerzo de mi memoria por retroceder y abrirse paso entre el dolor se hace imposible. Y me duelen los oídos, y la gente mira al cielo, ensordecida por algo que ni siquiera ha sonado.

La luz no llega, no consigue colarse entre las pocas rendijas que deja la tormenta. Veo rostros que miran al cielo, veo coches detenidos ante semáforos invisibles, veo… buitres sobrevolando en círculo sobre nosotros.

Mientras, sigo buscando una tarta de cumpleaños.

Encendí el tercer cigarro en un paseo con árboles doblados por el peso de los truenos. Porque los truenos pesan, y se extienden en una ola que nunca acaba. Se pueden agarrar y comer. Son rojos y queman. Los niños juegan con ellos, se ríen, los tocan. Siempre es día de fiesta cuando uno es un niño.

¿Quién cumple años hoy?

El segundo trueno llega y cierro los ojos para no verlo. Y es que, si uno se esfuerza, también puede verlos cuando llegan. Es más fuerte, más violento, derriba muros y rompe ventanas, y me quedo sola, en la calle sin nombre que no va a ninguna parte, mucho menos aún a una fiesta de cumpleaños.

No vale la pena correr. No hay donde esconderse. La calma que trae esa certeza es como rozar el cielo. La tormenta nos ha sobrevenido, el vendaval se lo lleva todo. Pero estoy tranquila, estúpidamente tranquila, y eso me clava al suelo y no deja que me lleve. Y recuerdo… Recuerdo de nuevo las velas en una tarta, un regalo que nunca existió y una canción que no llegué a cantar. Porque no se celebran los cumpleaños de los que no están. Porque cinco días antes habías muerto.

Encendí el último cigarro cuando sonó el teléfono. Sonreí y cerré los ojos, pensando que, de todas las personas del mundo, solo había una a la que quería oír. Y como sabía que nunca sería ella, no quise descolgar.

Ya no me importaba la llegada de la tormenta.

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LA CRECIDA DEL AGUA

Una mujer con un teléfono, frente a una ventana.

Yo.

Estoy descalza sobre el suelo encharcado. Descalza, si, con los zapatos de la mano, un teléfono y un cigarro que mantengo con pulso extrañamente firme. Y digo extrañamente, porque toda esta situación es francamente absurda.

El agua cubre el suelo, cada vez un poco más. Parece que hace siglos que empezó la lluvia, tras ella el viento, tras él… la crecida del agua.

Había pequeñas cataratas en la escalera, como si todo el mundo se hubiera dejado los grifos abiertos. El agua salía mansamente bajo las puertas, lenta pero imparable, convirtiendo el portal en un Niágara en miniatura. Flotando… bayetas, trapos, fregonas, cubos… Encendí el primer cigarro en el segundo piso, cuando el agua ya me llegaba por los tobillos. El viento huracanado bramaba y hacía temblar los cristales. Ya no se oía la lluvia, ya no se oía… nada.

Sigo con el teléfono descolgado, fumando, descalza frente a la ventana. Dentro de unos segundos llegará otra ola, lo sé. Cada vez los intervalos son más cortos, cada vez el agua llega más alto. Cada vez estoy más tranquila.

Cuento los breves movimientos de la aguja del reloj y allí está. Viene como con un susurro, cristalina, tentadora, lamiendo suavemente los cristales. Por las rendijas que no deberían estar allí, empieza a colarse como un invitado inesperado y casi… bienvenido.

Esta vez ha llegado más alto.

Decidí quitarme los zapatos cuando andar con ellos parecía un suicidio. Pensé que era mejor clavarme cualquier cosa en los pies que caer escaleras abajo lastrada por ellos. Qué absurda lógica. Encendí el segundo cigarro en el tercer piso, intentando oír algo. Nada. Nada detrás de esas puertas que parecían exclusas de una presa en vez de algo mínimamente habitable. Nadie tras la mirilla, nadie hablando. Todo el mundo parecía presa de ese raro silencio casi sagrado, casi palpable, solo amortiguado por el susurro de la crecida del agua.

El agua me llega por las rodillas. Afuera, todo parece en calma. Aún quedan unos minutos.

No estoy sola, hay dos personas conmigo. Personas importantes, de esas con las que creces, a las que quieres porque sí, porque es lo correcto, porque lo raro es precisamente sentir un inevitable desapego, porque, después de todo, no tienes nada en común con ellas. Y aún así… pues si, que carajo, se las quiere. A ver que remedio queda.

También están en silencio. Lloran. Yo querría llorar, pero estoy tranquila. Creo que el espanto me ha superado. Siempre pensé que en una situación así me desesperaría, gritaría, intentaría lo que fuera. Pero no es así. A pesar de ello, una parte de mí está chillando descontrolada.

Sálvalas, ruge. Sálvalas, sálvalas…

Pero no puedo.

Esta vez, cuando llega, la miro de frente. Es limpia, pura, es… celestial.

Un palmo más y sobrepasará la ventana, y entonces…

¿Por qué cuando nos pasa algo realmente increíble es cuando menos lo pensamos? Ni siquiera se cuestiona la magnitud de algunas situaciones, no se piensa, solo se avanza. Y eso era lo único que podía hacer, seguir subiendo escalones, despacio, muy despacio. Encendí el tercer cigarro al llegar a la puerta de casa, en el cuarto piso. Había toallas en la puerta. Nada más. Esperé mientras fumaba, y seguía sin oír nada. Abrí la puerta y allí estaban, en el mismo sitio que ahora, llorando como ahora, sin hablar, como ahora. Pregunté ¿qué ocurre? Y luego me eché a reír por lo absurdo de la pregunta.

Me llega por la cintura y me mece, y me tengo que apoyar contra la pared para no caer al suelo. Sigo con el teléfono de la mano.

Enciendo el último cigarro. Cuando llega me doy cuenta de que estoy llorando, sin dejar de mirarla, con ganas de abrir la ventana, dejarla entrar… y acabar de una vez por todas.

Ella llega y marco el primer número. Ya sé que solo quiero llamar a la única persona que no puede oír mi voz.

Mientras el agua crece y crece, solo tengo fuerzas para pensar en qué diría si me diera tiempo a marcar el último número.

Y como no lo sé, tampoco me importa la crecida del agua.

Water