Leopoldo María Panero, mi madre que no me parió.

El 18 de Septiembre del año pasado escribí un pequeño, no sé si panegírico, homenaje o ridículo desahogo a Juan Luis Panero. El hombre. El poeta. El ídolo. Mi padre que no fue.

Lo de ridículo desahogo, o ridícula impostura, siempre me ha parecido algo a tener muy en cuenta. Ridículo es pasarse, ridículo es no llegar. Ridículo es todo lo falso, todo lo que no te salga de las tripas, y hoy hay mucho de eso. Me viene a la cabeza algo que no lo es, pero que fue escrito hace tiempo, por el hombre que casi conoció a Michi Panero: “Dejadme preguntar: ¿Es esto el final? Y si es así, decid: ¿Me vais a extrañar? ¡Ah, veo que asentís pero yo sé que no!”

Yo se que no. Que mañana, nadie le extrañará.

De hecho, no creo que hoy nadie le extrañe. A él, a Leopoldo María. Mi madre que no me parió.

Aquí podría empezar lo ridículo, eso de lo que hablaba antes. Eso de lo que siempre huyo. Pero espero que no sea así. Quitando ciertos párrafos bizarros, o cuando enloquezco por un buen melodrama, no son lo mío las operetas. Será esta cualidad castellana, tan austera ella, que comparto (compartía) para bien o para mal con el que considero mi madre, mi magister, el que me llevó de la mano por la senda de la poesía más oscura, desbocada y serena a la vez. Y eso si que no. Nada de ridículo hiperbólico (que  yo también, cuando digo no, es no).

Pero sí rememoraré lo más importante: Un conejo blanco. Imágenes móviles en blanco y negro. Las palabras que no me escribió y las que sí le escribí yo a el. El Desencanto y los años que vinieron después. Soma. Las ganas y los viajes planeados al manicomio para por fin conocerle que, como tantas otras cosas, se murieron por el camino. El dolor en el corazón y las lágrimas en los ojos al encontrar por fin, lo que no me daban otros poetas. Castilla. Estos eriales de piedra y una cierta visión estéril y yerma del futuro y del presente. Saber que se podía hacer, porque él lo había hecho antes, así que yo… yo también podía, desde la distancia humilde que te impone la admiración absoluta. La coca cola y el tabaco. De nuevo, el manicomio.

Y hoy se ha muerto.

No han sonado las campanas publicitarias hasta muchas horas después.

Hoy todos le adoran, hoy todos le repudian, pero hoy, nadie le extraña. Hasta luego, Leopoldo María. Ya nos veremos, sea donde sea. Donde nos den coca cola y nos dejen fumar, si no, a mi que no me esperen. Más que nada, porque tú no estarías en un lugar así. Y ese día, por fin, te contaré un cuento, un cuento de un Loco dentro de mi que grita, y de una Idiota dentro de él… que llora.

Mientras, escucharemos la música de un Vals Negro.

En la hora-entre-horas.

ARS MAGNA

Qué es la magia, preguntas
en una habitación a oscuras.
Qué es la nada, preguntas,
saliendo de la habitación.
Y qué es un hombre saliendo de la nada
y volviendo solo a la habitación.

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EL PUNTO SIN RETORNO (SOMA V)

Una de las situaciones que más odio es la invasión de mi espacio privado. Me resulta costoso, me altera, tener a extraños alrededor viendo, tocando, poniendo patas arriba un ritmo que me cuesta demasiado volver a coger.

No es para tanto, pensarás, estimado lector invisible (y algo abandonado últimamente), son males necesarios, es la vida real. No es para tanto, piensas, y tienes razón. Pero mi vida es disfuncional y mi cabeza va a una velocidad que  no entiendo ni yo.

Incluso abandono la perezosa rutina de la escritura en la hora-entre-horas y me asomo un poquito a la luz suave de una tarde otoñal que no hiere demasiado, solo para que tú, lector imperceptible, recibas si gustas la última parte del Soma original.

La última. Ella también fue la primera. Soma marchó y las palabras se quedaron. Fue magia. Pura magia.

Una de esas cosas que solo pueden suceder en la hora-entre-horas.

SOMA V (EL PUNTO SIN RETORNO)

Con el tiempo devorándome en silencio, llegó la sequía absoluta. La nostalgia pegada al paladar con esparadrapo quirúrgico. Las palabras que no salen, obstruyendo en la garganta, comprimiendo el pecho como si llevara un yunque colgado al cuello. No hay salida, en este laberinto sin principio ni final. Solo hay… paradas obligatorias en todas las estaciones, puentes sobre asfalto gris donde aprender a volar…

Y de pronto, la certidumbre… de haber llegado. De ya estar aquí, en el punto sin retorno.

Bienvenidos a casa.

Camino… en línea recta, para seguir este ritmo desacompasado. Las estancias secretas de mi cabeza me parecen cada vez más pequeñas y oscuras, invadidas de diminutos fotogramas escarlatas que no recuerdo. Llevo clavados en los pies los restos de los dioses que fui dejando muertos por el camino.

Y mis ojos no ven más que la luz difusa de otro amanecer roto.

La madriguera del conejo me lleva al desierto químico que hoy veo más brillante que ayer. Quizá… quizá ya he aprendido a no ahogarme en la arena, tan suave, tan cálida, mi útero materno privado, mi deliciosa forma de… volver a casa. Mi paraíso, un edén sintético y desesperado, de silencio aséptico y absoluto.

Mi… punto sin retorno.

Como un adiós prematuro y voluntario. Un exilio escogido, una abducción programada. Un exorcismo justo a tiempo. Tal vez esto sea parte de la felicidad que me tocó en el sorteo amañado de Los Justos. Tal vez… Dios también esté de vacaciones este fin de semana.

Un nuevo caramelo de felicidad encapsulada cada ocho horas. Paraísos trágicos en parajes lóbregos. Ángeles sin alas elevándose a la velocidad de la luz. Cartas marcadas disueltas en trementina, manchadas de lápiz de labios y terror.

Mi hambre saciado de nuevo, esta prisión adictiva de sangre y fotos, y miedo, y espasmos…

Y de nuevo, atravesar el espejo para encontrar la senda de la realidad. Mi sonrisa suena cada vez más a cristales rotos. Y otra vez a esperar, asintiendo a los que preguntan, sin oír, sin hablar, sin pensar… Esperarte de nuevo, mi elixir de eterna juventud, mi pequeño edén blanco y dulce.

Mi caramelito envenenado.

Mi… SOMA.

(Volveré… con cintas negras para tu cabello. Píntate los ojos de negro y espérame…)

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UN LOCO Y UNA IDIOTA (SOMA IV)

He dudado, lector invisible.

No sabía si escupir unas frases escritas hace tiempo pero espantosamente adecuadas para el momento actual, o seguir con otro gramo de Soma. Me he decantado por lo segundo por varios motivos.

El primero de ellos es que, aunque ciertamente demente, Soma llegó para quedarse y ahora es una mascota inofensiva, domesticada. O eso quiero pensar. Al menos, Soma es anestesia y olvido. Que no es poco.

El segundo es… que a pesar de que la sombra de la muerte y el dolor siempre es más alargada en esta época (mil veces maldito seas, Octubre, mil veces y otras mil más), aún quiero no creer. Aún quiero no ver. Necesito guardar esas palabras y pensar que pueden esperar, que no las necesito. Que todo va bien. Que todo va a salir bien.

Aunque algunas tardes, en la hora-entre-horas, mientras llueve, eso no me lo crea ni yo.

Pero no vuelvas a decirme que todo va bien.

SOMA (IV)

UN LOCO Y UNA IDIOTA

Tengo un loco dentro de mí que grita
(y él tiene dentro de sí un idiota que llora)
Ese loco, al que nunca vi la cara. Ese loco, que me cuenta a mil años luz de distancia, que es un error vivir, que de recién nacidos deberíamos suicidarnos.

Es un loco triste, que fuma sin descanso, con su voz ahogada por el alcohol y las pastillas. Me cuenta cuentos que no entiendo desde su ventana sucia, a la luz de las mismas estrellas que veo cada noche. Pero está demasiado lejos.

Yo le miro, y me pregunto qué cataclismo le dejó ahí. Qué hecatombe le marcó los surcos del rostro, le hundió los ojos, le ajó las manos. Cuantos cientos de vidas por vivir han surcado esos pies viejos y callosos. El me habla, directo a la sien, como un balazo, como un estallido de luz, como un relámpago que de pronto ilumina la consciencia y me hace pensar a mi también que la memoria te trae que poco a poco nos estamos muriendo.

Soy una idiota que llora, y que a veces no sabe ni por qué, que fumo sin descanso, con la sonrisa congelada por las pastillas. Le cuento cuentos que no oye desde mi ventana pequeña, a la luz de las mismas estrellas que no sé si él ve cada noche. Pero estoy demasiado lejos.

El no me mira, porque no me conoce, y no se pregunta nada acerca de mí. Pero yo le hablo, y le miro a los ojos, y le cuento historias de niñas tristes que no sé si entiende. Y pienso, una y otra vez, si no es demasiado tarde para dejar de consumirme como él se consumió. Si vale la pena, como él me contó un día, que hay que sacrificar la vida al comercio del lenguaje.

Tengo un loco dentro de mí que grita. Soy una idiota dentro de él… que llora.

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SOMA (III)

Yo lo intento, apreciado lector invisible.

No me apetecía escribir un blog así, en serio que no. Crear un museo de los horrores no era mi intención primigenia, pero, a veces, las cosas salen así. No lo planeas, ni lo piensas, solamente surgen. Y así construyes esto. Esto.

Esto, joder. Esto no estaba en mis planes.

Como tantas otras cosas.

Sé hacer reir, lo juro, aunque  no lo parezca. No en plan Club de la Comedia, no poseo ese gracejo ni desparpajo. Pero sé hacer reir. Y que luego pienses “pero qué barbaridad me está haciendo tanta gracia”. Y te escandalices. Y te vuelvas a reir. O también de esa forma que solo las personas serias podemos. Serias y altamente inestables, como la nitroglicerina, que es una cosa de las más serias que existen. De su inestabilidad ya hablaremos otro día.

Y en su lugar, de momento me ha salido esto. Que no es malo. Ni bueno. Pero no es mi intención.

Puedo achacarlo a este extaño momento de mi vida, en el que pretender escribir cualquier otra cosa es como querer que el vómito huela a Chanel 5, y eso si que no. Que no puede ser.

Así que, estimado lector invisible (e inconstante, si lo sabré yo) dejaré por aquí una nueva lápida en este cementerio de desvaríos. Solo puedo decir… disfruta de la experiencia mientras dure. Mañana puede que cuente chistes. Muy malos, por cierto, todos los chistes que me hacen gracia son de tomates, guisantes y cosas así (ay, Panero, si me leyeras, qué pena te iba a dar).

Mejor seguimos con el Soma, entonces…

SOMA (III)

Todo es cálido. Tu soledad no existe. Todo está bien.

¿Qué hay de malo en el método escogido para exorcizar los demonios del alma? ¿Qué hay de malo, si nunca habrá otra opción?

Adicción. Hambre químico. Silencio sintético.

Pero aquí y ahora todo está bien. En este desierto de emociones, en el inducido erial de las quimeras del corazón. Si no es posible arrancárselo del pecho, mejor anestesiarlo. Tu cabeza es un pequeño quirófano portátil, una sala aséptica de vivisecciones ajenas.

Autoconsunción contra la inanición. El veneno de la propia bilis.

Pero aquí no. Mejor no pensar en ello. Hoy no. Todo es cálido. La realidad no existe.

Tampoco el futuro.

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SOMA (II)

Recibo estos días erráticos, estimado lector invisible, en los que la hora-entre-horas se difumina y expande bajo la lluvia del principio del otoño, con una mezcla de melancolía y espanto. Añoro el verano que se fue, aunque no tanto como lo hacía antes, cuando el tiempo era benévolo y (todo estaba iluminado) apacible, y me aterra el otoño, aún más que ayer, mucho, mucho más de lo que podría haber imaginado cuando… cuando todo iba bien.

Sigo preguntándome quién coño apagó las luces. Sigo preguntándome por qué no me acostumbro a estas temporadas, a las horas-entre-horas que duran meses.

Quizá, simplemente porque es en otoño cuando todo se muere y empiezo a prepararme para la pérdida. Aunque esta siempre me pille por sorpresa. Así soy yo, muy de prepararme para lo inevitable para quedarme luego paralizada por la estupefacción.

Mejor dejo por aquí unos gramos más de ese Soma primigenio. El cielo amenaza lluvia. Mi cabeza amenaza implosión.

Mejor parar mientras todavía estoy a tiempo.

SOMA (II)

Trae la cajita de cerillas
Y encenderemos todas las luces
De esta ciudad homicida.

Qué frágil el invisible cristal entre la soledad y la locura. Qué empañado queda a veces, manoseado por esos que todo lo tocan, que todo lo saben, que envenenan los sueños. Solo el no nacer te pondría a salvo de ellos. Sus batas blancas y fantasmales te persiguen aunque no estén y amenazan con llevarte con ellos, lejos, muy lejos, a un lugar donde nadie te pueda encontrar.

Trae la pequeña llave roja
Y abriremos todos los candados
Entre esta realidad y la otra.

Qué perversamente delicioso traspasar ese cristal. Saber que los encerrados son ellos, con la soga puesta al cuelo, esposados, atados por cadenas de costumbres, tiranizados por la perfección. No fui yo quien decidió a qué lado de la verja estar. Un día me contaron que este sería mi sitio. Y me escondí en mi rincón.

Trae el librito de salmos
Y con él haremos una pira
Para incinerar la esclavitud de sus leyes.

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SOMA (I)

Buena hora-entre-horas, querido lector invisible e impensable (porque no deja de sumirme en la perplejidad que alguien pueda querer leerme, así soy yo).

Hoy, en esta tristeza lejana que sientes cuando alguien desconocido se va, tras la muerte del poeta cuyos versos empujaron a nacer a los míos, voy a dejar por aquí, por si a algún despistado le interesa, una breve colección de versos y relatos mínimos que una vez, hace un par de años, o diez, o mil, tuve la desvergüenza de escribir pensando en los hermanos Panero. Así, como suena.

No son lo mejor, no son lo más inspirado. Pero están llenos de un tímido primer intento de vomitar textos con libertad, inspirados e influídos por ese Padre que No Fue y esa Madre que No me Parió (disculpe, señor Leopoldo, que le cambie el género).

Esto fue el principio, esto fue el Génesis. No lo primero escrito, pero sí, lo primero sentido de verdad, compulsivo, cruel y liberador.

Aquí empezó el verdadero Soma, lector invisible. Ahora, pasa y echa un vistazo. Solamente es la primera dósis.

SOMA (I)

Esto es lo que queda, esto y poco más. Unos gramos de felicidad artificial, comprimidos en monodósis. Una pizca de tranquilidad encapsulada, el polvo harinoso de los sueños sin pesadillas. Las huellas de unos pies descalzos que se alejan, siempre se alejan… Poco más queda.

Quizá unos cuantos besos sintéticos, alguna mirada a través del plástico gris del no querer estar, una o dos caricias insensibilizadas por el cansancio acumulado en las manos… Quizá una sonrisa que ya no existe, anulada por la química.

Sin fuerzas para la destrucción. Sin vida para el exterminio. Sin ganas de… nada. A veces lo mejor es sentarse y ver la vida pasar. No pensar en el pecado propio para ser capaz de narrar la crónica del ajeno. Sin actividad no hay dolor. Sin movimiento no hay retroceso. Sin esfuerzo no hay fracaso.

Toda vida es un proceso de demolición.

Yo también me autodestruyo para saber que soy yo… y no todos ellos.

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Juan Luis Panero, mi padre que no fue.

Hoy a muerto un hombre de luciferina elegancia, que fumaba cigarrillos largos en blanco y negro, un hombre solitario por vocación y poeta por maldición. Hijo y hermano de la poesía y la locura, hijo del desencanto.

Mi padre, el que no fue. El que me enseñó que la belleza de la decadencia es más hermosa aún por ser hayada entre polvo y telarañas, que se puede amar con devoción lo que no se conoce más que por sus letras, que, a veces, las palabras son conjuros que te acercan y te adoptan y te amamantan, como la huérfana que eres hasta que las encuentras y, entonces, desarmada y fascinada, te rindes a la evidencia: Esto es lo que yo buscaba, esto es lo que yo quería decir. Esto y no más, esto y todo lo demás.

La libertad. La pasión calmada a través de la muerte, la desidia, la insoportable levedad de ser.

Y hoy se ha ido, y le recuerdo más que nunca en esta hora-entre-horas, porque sus palabras… siempre permanecerán en la memoria de los hombres.

 

Y DE PRONTO ANOCHECE

                                                                               Ed é subito sera
                                                                   Salvatore Quasimodo

Vivir es ver morir, envejecer es eso,
empalagoso, terco olor de muerte,
mientras repites, inútilmente, unas palabras,
cáscaras secas, cristal quebrado.
Ver morir a los otros, a aquellos,
pocos. que de verdad quisiste,
derrumbados, deshechos, como el final de este cigarrillo,
rostros y gestos, imágenes quemadas. arrugado papel.
Y verte morir a ti también,
removiendo frías cenizas, borrados perfiles,
disformes sueños, turbia memoria.
Vivir es ver morir y es frágil la materia
y todo se sabía y no había engaño,
pero carne y sangre, misterioso fluir,
quieren perseverar, afirmar lo imposible.
Copa vacía, tembloroso pulso, cenicero sucio,
en la luz nublada del atardecer.
Vivir es ver morir, nada se aprende,
todo es un despiadado sentimiento,
años, palabras, pieles, desgarrada ternura,
calor helado de la muerte.
Vivir es ver morir, nada nos protege,
nada tuvo su ayer, nada su mañana,
y de pronto anochece.

“Antes de que llegue la noche” 1985

DESENCANTO3