ANIVERSARIO FATAL

La muerte es una sábana de hospital blanca y azul, es el olor a amoniaco, a lejía, a enfermedad y a tristeza. Viene tumbada en camas con ruedas que chirrían, en sillas rotas de skay marrón, en máquinas de café amargo como la hiel. Te la sirven con cucharillas blancas de plástico pasado, con demasiado azúcar para tapar el sabor de los mosquitos que pueblan las ventanas, sea verano o invierno.

La muerte es un teléfono que suena, o uno que no contesta, o quizá el sonido de una conexión que parece nunca llega, o simplemente, un teléfono que no deja dormir. No la oyes, porque viene apagándolo todo, y lo deja todo en silencio, amortiguado y sordo.

Es la amnesia de los sentidos, el ácido en el estómago, olor a polvo espeso y gris, el sabor amargo de algo que se escapa y que no sabes lo que es, algo áspero que no puedes atrapar, el tacto de tu propia piel herida por tus uñas, intentando arrancarte un grito que no llega… y no ves nada, no hueles nada… solo ese rastro gris y sucio que te lleva a no poder respirar.

La muerte es el viento huracanado de un día lluvioso, que te susurra al oído todo lo que no quieres ni puedes ni debes oír, es un sonido apagado, amortiguado, es un gemido de alguien que conocías pero al que no reconoces y es todas esas palabras vacías que no oyes, todas las carentes de valor que no escuchas y todas las que pudiste decir y nunca salieron de tu boca.

La muerte es una tarde de octubre, es una siesta interrumpida, es un jadeo, una puerta que no se abre, unas manos que tiemblan y no aciertan a nada.

O quizá, solo quizá, la muerte simplemente sea el olvido.

Death

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Attack Music

Con quince años ya era demasiado vieja y a la vez, demasiado joven. No sé si se entiende lo que quiero decir.

No echo de menos ese tiempo confuso. Al menos, no del todo. Aunque algunas noches me sienta así. Con la misma rabia, el mismo dolor, el ansia, la prisa.

Es mejor que el vacío. Es mejor que levantarme de la cama y pensar que el fin del mundo llegó, y pasó, y alguien apagó las luces.

“Por qué será que cuando alguien empieza a hablar de civilización me parece escuchar disparos…”

 

BLACK HOLES

Hay un agujero negro en mi cabeza, marcado a fuego en un día de primavera. Sonó cloc, y recuerdo… “Recuerdo la oscuridad, retorcida y crispante, recuerdo siluetas que hablan, muerden y caminan, recuerdo… una taza en el microondas…” Sonó cloc, eso oí. Sonó y me fui, caminando muy despacio, saltando por la ventana. Y allí se quedó mi cuerpo sin reaccionar, con un agujero negro en la cabeza.

Subo por las azoteas entre vendavales de ansiedad y silencio. Cargo la escopeta con las balas que me arranco del pecho y disparo… “Quiero ser el Ciudadano Cero, quiero perder el control, quiero… inmolarme en mi propia guerra santa…” Cargo mi escopeta, sonrío y cierro los ojos. Suena cloc, suena bám, suena, suena, suena… He apretado los dientes, pero abro los ojos y no hay nada, ni dolor, ni gritos, ni angustia. Solo hay… un agujero negro en mi cabeza, que se hace más y más grande por momentos.

Y de vuelta, por callejones vacíos que solo llevan a la vejez y a la desesperación, una vez más, regreso a un hogar que ya no sé donde está. No resulta muy agradable haber perdido el camino a casa, y buscarlo mientras te sientes una completa desconocida… “Mira como cae la nieve gris… Como si en el cielo hubiera un crematorio y las cenizas de todos los muertos cayeran sobre mi…” Quiero mi pistola sin balas, quiero mi cuchillo sin filo, quiero una noche sin luna que tape el agujero negro de mi cabeza…

Sé que los buitres acechan como gárgolas vestidas de gala en los tejados. Sé que Dios puede esperarme un domingo más. Sé que no soy yo, que no soy tu, que no soy nadie… “Mira, mamá, tengo tanto dolor dentro que cada vez que hablo, mariposas negras salen de mi boca. Mira, mamá, he roto mi reflejo en todos los espejos. Mira, mamá, ya sé saltar al vacío… ¿te sientes orgullosa de mí?” He visto gatos con cientos de vidas, serpientes enroscadas en los brazos de los sacerdotes, barcos que naufragan en los remolinos de los charcos. He visto el agujero negro de mi cabeza haciéndose más grande por momentos, tragándose mi corazón.

Mi mitad oscura susurra y gime. Nos damos la mano. Y en ese momento pienso que quizá… Quizá sonó cloc, y me fui del todo…

Y ahora mi mitad oscura soy yo.

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THE PREACHER

Espero el día en que, tras el sonido de los cristales rotos, sea capaz de sentarme, en ese mundo paralelo de rejas y cenizas, en esa otredad oscura y sangrante, y esperar… simplemente a que termine el día.

Aunque sea un día eterno, oscuro, frío y palpitante. Aunque al final de ese viaje, cada vez más alucinado y frecuente, no pueda hablarle a nadie de lo que ví. De lo que oí. De lo que sentí.

De… dejarse llevar.

He soñado con asesinos de niños, he soñado con asesinos de gatos, he oído el viento tras los cristales de una casa que no era la mía. He sentido el fuego que no calienta de infiernos más cercanos de lo que puedo soportar…

Y me he puesto la careta. ¿Qué otra cosa podía hacer?

OCURRE

Ocurre a veces que el cielo se te cae en la cabeza.

Que simplemente se te viene encima. Sin dramas, sin ruido, sin previo aviso. Te parte en dos y ya está. Te atraviesa como un cuchillo afilado, dejándote sin aliento y sin alma y te quedas ahí, sentado en una acera con cara de gilipollas. Solo eres eso, un idiota más al que el cielo se le ha caído en la cabeza.

Ocurre a veces que en el paso de peatones de la vida te lleva por delante el camión de la mudanza de una casa que no es la tuya.

Que te quedas tumbado en una de esas carreteras a ninguna parte y a todas, en la misma postura que marcan las tizas de la policía en los asesinados, pensando en pájaros y nubes, con el asfalto pegado a las suelas de los zapatos. Y ves que tu sombra se cuela de polizón en una vida a la que no has sido invitado, se va a una fiesta para la que nunca le darán la entrada. Una sombra infeliz en una tierra extraña que tiene reservado el derecho de admisión.

Tampoco es que importe mucho.

Ocurre a veces que te despiertas y te das cuenta de que estás muerto.

Que el disolvente universal del cansancio te ha arrancado de la realidad. Y… ¿qué eres entonces, sino un muerto? Tanto ser la mala copia de una imitación barata termina pasando factura. ¿Dónde se fueron todos? ¿Por qué las puertas han perdido los picaportes? ¿Cómo sale uno de aquí?

Lo siento, amigo, de aquí no se va a ninguna parte. Solo eres un idiota más al que el cielo se le ha caído en la cabeza.

¿Hace una partida de cartas?

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First Snow

Buena hora-entre-horas, lector invisible.

La primera nevada ya está aquí. Más que nevada es escarcha, el cielo ha confitado a los coches como a frutas prenavideñas y eso, a finales de noviembre… es desconcertante y reconfortante a partes iguales.

Y es un poco de confort lo que necesito precisamente hoy, después del desasosiego que me ha producido por un artículo de Fernando García en su blog (Sin Tinta, altamente recomendable para cualquier ente de mente inquieta, sea amante de los libros o no), y después también de asimilar la odisea en la que me he metido intentando publicar una novela.

Porque yo escribo, estimado lector invisible. Escribo o… vomito letras, que luego se ordenan como les da la gana y a veces, a veces tengo que repasar una y otra vez lo que pone en la pantalla del ordenador sin poder creerme del todo que eso haya salido de mi. Pero vaya si ha sido así.

De todas formas, eso es solo en los días malos.

Pero no estába con eso. Intentaba, querido lector invisible, hablar de ese qué se yo intranquilizador que me recorre la espalda a cada zambullida que doy al mundo editorial y la mercadería de la cultura. Creo que se llaman ganas de vomitar, o algo así.

Me han pasado muchas cosas y me he topado con gente (y amables máquinas expendedoras de mensajes prefabricados) de todo tipo, sintiéndome una pequeña Ulises zarandeada por los Dioses de un lado para otro, y hoy, esta tarde, en esta primera nevada… creo que estoy un paso más cerca de reconocer que no, que no hay espacio para mi y mis Calibri lanzadas al aire entre todo el porno-soft para madres que tanto luce ahora, las portadas melancólicas antes del Sálvame y las criaturas de la noche que solo asustan a sus propios autores, devorados por esta cultura del fast-food en el amplio sentido de la palabra… no, aquí mi Nepenthe y yo no cabemos.

No queremos caber.

Así que cada vez estoy más satisfecha de haber puesto mis esperanzas en la Ítaca de lo alternativo y minoritario, aunque el viaje me esté costando los nervios y la paciencia. Una vez más me he alineado con los otros, con lo marginal, con lo que está ahí escondido pero respirando, siempre respirando.

¿Qué otra cosa podías esperar, querido lector constante, de alguien al que le gusta escribir en la hora-entre-horas, alguien al que le lleva a casa la primera nevada de un invierno que aún no es?

Pequeñas y oscuras eternidades en la luna, espera eso y poco más. Y nada menos.

Para el que interese el artículo en cuestión: http://blogs.elpais.com/sin-tinta/2012/11/presentaciones-de-libros-vino-y-antes-croquetitas.html