COFFEE & SEX

Me gustan el amanecer y la soledad. El café y el tacto de las sábanas frías, cuanto más, mejor. Los dedos de los pies tomando conciencia de si mismos, el delicado crujido de las vértebras que vuelven a encajar unas en otras mientras me estiro como un lagarto buscando un sol que aún no ha salido del todo. Adiós Morfeo, buen día, Aurora.

Con el pelo revuelto, desparramado en la almohada, la camisa blanca y arrugada, alojando una melancolía descomunal en cada uno de sus pliegues, pero no dejando que se escape. No, en ese momento no. No existe la tristeza, no existe más que la caricia nueva por no recordada, de otra mañana por estrenar.

El café en ese momento es un acto erótico y fetichista. Otro ritual más, pero menos practicado, porque ya se sabe, ni todas las mañanas son iguales ni todos los cafés saben a lo mismo…

Ritos de paso, juegos iniciáticos… Mi primer café en la cama, mi primer amante.

Con los ojos cerrados veo siluetas que no conozco ni quiero conocer. Qué importa quién sea el invitado. Qué importa si el sabor es dulce como siempre. Qué importa…

Si al abrir los ojos no veo más que las piernas desnudas en el espejo, nada más que otro día por desperdiciar.

Y no respiro otra cosa más que la sensación de que me falta la mitad del corazón, porque me la arranqué un día de cuajo y me la comí para que no doliera más…

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COFFEE & CIGARETTES

Literalmente, no necesito nada más para vivir.

Me sobra la comida sólida, el aire limpio. La gente, el ruido, las camas, el orden y el caos.

Una taza de café es parecida al paraíso. La mía es negra y brillante, grande, un cáliz sagrado que cada pocas horas abrazo con las dos manos intentando calentar algo más que los dedos. A veces solo es el estómago, y ya es algo agradable; el cosquilleo en la nuca, la tibieza en la garganta, el escalofrío de un cuerpo buscando el calor perdido. A veces el corazón, y esas veces es aún mejor. El aroma entra por la nariz y se abre camino al alma, familiar y acogedor. Es como volver a casa, a un hogar tranquilo y apacible donde te espera… la nada.

Hay dos cigarrillos concretos que son, no sé si símbolos o realidades maravillosas. Uno de ellos es el del primer café. Es un cigarrillo que al principio duele, pero luego se transforma en una nube oscura y ardiente, y cierro los ojos, y no pienso en nada. Solo en ese momento, en ese lugar. En mi silla roja cromada e incómoda, pero que me gusta porque es MIA.

El otro es el de las madrugadas de insomnio. Es venenoso y marea. Es necesario hasta la nausea. Dibuja fantasmas, promesas rotas, espectros que quiero olvidar y no puedo. Sabe amargo y tóxico. Es…

La pequeña hoguera donde arden mis sueños, en monodósis.

A veces, hasta me sobra la vida. Y eso asusta.

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COFFEE & LIGHT

A veces se me va la mano.

Con el café, por ejemplo. El primero arde y es breve. Una bengala lanzada enmedio del océano, que no se percibe casi porque está demasiado lejos. El segundo quema y es una bombilla de bajo consumo. Da algo de luz… pero no es suficiente. El tercero calienta y es una farola a medianoche, pero los ojos ya están como platos. El cuarto es meter la mano en una chimenea. El quinto es quemarse a lo bonzo y sobrevivir a ello.

Y no es muy bonito tener los ojos como platos. Ni que el pulso sea peor que el de un alcoholico.

A veces se me va la mano, y no precisamente con el café.

Y entonces lo que primero huye es la luz. Es la primera en tocar a retirada, cuando la bruma gris y plácida empieza a invadir todos los rincones como una plaga de termitas. Sabes que está ahí. No la ves. No la oyes. Pero sabes que, de un momento a otro, la casa se te va a desplomar en la cabeza. Y la luz no quiere quedarse a ver el espectáculo. Se apaga poco a poco, da un paso atrás y te abandona a merced de la penumbra.

Pero no es mala cosa, la penumbra. Solo hay que dejarse llevar.

Aunque después, cuando vuelve la luz, no me acuerde ni de mi nombre.

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