PEQUEÑAS COSITAS NEGRAS

Una legión de pequeñas cositas negras se desliza por mi garganta, como un ejército de hormiguitas en perfecta formación. Murmuran y ríen, y cada paso que dan las hace más difíciles de tragar.

Son… todas esas pequeñas cositas negras de las que no se puede hablar.

A veces se meten en la cabeza, y se convierten en un punto en mitad de la frente. Dan vueltas sobre sí mismas, se enroscan y no puedes dejar de mirarlas. Hacen que pienses en lo malo, en lo oscuro, en todo eso que no se debe tener ni siquiera en cuenta. Son…

…todas esas pequeñas cositas negras en las que no se debe pensar.

Otras veces se sientan en la lengua, con sus patitas cortas como mentiras colgando hacia fuera, pugnando por salir. Y tienes que morderlas y hacerte daño, porque quieren salir de la boca, tomar forma y escapar. Colarse en los oídos ajenos, como parásitos venenosos y envenenados y susurrar las palabras prohibidas. Son…

… todas esas pequeñas cositas negras que nadie puede oír.

Y algunos días, las tienes en la punta de los dedos. Y te sientas, y escribes, y juegas con ellas como quien juega con un niño. La tinta las hace libres y vuelan por el papel. Sonríes mientras las miras, saltando alegres con su máscara inocente y perversa y piensas… no es tan malo, no es tan sucio. No está prohibido. No pasa nada.

Les das alas y… un niño las encuentra. Y tienes miedo, porque ahora también viven en él…

… todas esas pequeñas cositas negras que nunca debí contar.

Imagen

Anuncios

Y POR FIN, LA NADA

Una mujer, fumando mientras tirita por un frío que no existe, mientras dibuja letras en un cristal empañado por su propio aliento. Una mujer con un cigarro a medio consumir. De nuevo, yo.

La avenida está oscura, sembrada de farolas que emiten una luz muerta, que succiona la poca luz, como una bandeja de canapés rancios pinchados con palillos inútiles pero afilados. La avenida, donde una vez hubo flores y árboles, donde una noche hace demasiadas noches tuve que preguntar por el camino a casa.

El asfalto abandona su aspecto lineal y se curva. La avenida es una montaña rusa, con looping incluido donde ponerte patas arriba, se ensancha y gira sobre si misma al ritmo de un viento que… tampoco existe.

Todos los caminos que me llevan a casa se han convertido en pesadillas vivientes…

Encendí el segundo cigarrillo al ver que al final de la avenida no había nada.

No era una nada como un muro. No era una nada como una señal de stop. No era una nada como un barranco.

Era la nada de La Historia Interminable. La que perseguía a Atreyu y le convertía en alguien gris y enfermo. Pero ni yo soy Atreyu ni tengo un dragón de la suerte. Aún así, allí estaba. El vacío tras el último universo. La Nada.

Claro, pensé, por eso no hay viento, ni frío, ni lluvia. Porque se los ha comido. Y ese pensamiento hizo que tuviera que sentarme en mitad de la avenida negra, mareada por sus curvas, por su silencio, por su… Nada.

Encendí el tercer cigarro y me quedé sin gas en el mechero.

En el fondo, era lo normal. Si venía La Nada, tampoco quedaría gas en los mecheros.

Conté los segundos que tardaba en devorar la tierra con mi reloj parado. No fue tan difícil como parece. Y los números también se fueron. La Nada se los comió. También se comió el miedo, las lágrimas y, muy despacio, empezó a aniquilar los recuerdos.

Adiós infancia. Adiós juventud. Adiós adiós adiós…

Bendita seas, dije. Bendita seas.

A mis pies… querría decir que había un abismo, pero es mentira. No había nada. Bueno, en realidad… en realidad había Nada. ¿Sabéis a qué me refiero? Nada. Eso había. Estaba quieta y me miraba. Ya había engullido todo, y estaba repleta, satisfecha, pero quieta. Demasiado quieta.

Toma, le dije. Llévate el último recuerdo, todavía queda uno.

La Nada no hacía nada. Suena como un mal chiste, pero, ¿qué otra cosa puede hacer La Nada, sino avanzar, comer y nada?

No lo quiero, dijo ella. Ese no lo quiero. Ese mata.

Tómalo, volví a decir. Llévatelo lejos y llévame a mi también. Es un recuerdo secreto, nadie se enterará nunca.

No lo quiero. Ese mata.

Bendita seas, llévatelo. Por favor…

Me miró con sus ojos de Nada y se dio la vuelta. Se marchaba sin mi y sin mi recuerdo mortal.

Me quedé sentada, viéndola marchar, dejando una avenida a medio comer, como ese sandwich que queda en la bandeja tras una fiesta, el bocado endurecido y reseco que nadie quiere. Soy un sandwich de mortadela abandonado, me dije. Soy el poso del café.

Soy un puto recuerdo que mata.

Y no tengo mechero.

infinity

LA LLEGADA DE LA TORMENTA

Una mujer fumando, viendo como su aliento empaña un cristal. Una mujer frente a una puerta con barrotes metálicos, fumando, respirando. Una mujer, como siempre, yo.

La calle alargada se estrecha, adoptando la perspectiva cónica de los cuadernos de dibujo de la niñez. Las aceras y ventanas, nítidas y en relieve, hechas con un tiralíneas gigante. Las farolas luchan con su fantasmal luz naranja para hacerse visibles entre la tiniebla, a las cinco de la tarde. Y es que el cielo es como un agujero negro sin final y sin principio. Ha llegado la tormenta.

Salir a la calle fue fácil. Solo hay que dar un paso detrás de otro e intentar no pensar. Y, sobre todo, no mirar hacia arriba, donde enormes nubes devoran el día. Se extienden a la velocidad del miedo, que es mucha, suenan como una carrera de fórmula uno. Se extienden y suenan, si, y empiezo a correr.

El día deviene en crepúsculo temprano y aterrador. Los adoquines y el asfalto son vallas en mi carrera de obstáculos, y corro, corro buscando a…

Encendí el segundo cigarro cuando me di cuenta de que no sabía a quién buscaba. Aspiré el humo, con los pulmones ardientes por la carrera. El dolor, atroz, me dobla por la mitad. Pero sonrío, eso es que aún estoy viva.

Alguien cumple años hoy, recuerdo, mientras esa noche repentina y feroz me cae encima, con la fuerza de un piano de cola lanzado desde un octavo piso. Alguien cumple años, pero no sé quién… Recuerdo velas en una tarta, recuerdo canciones y fotos.

El primer trueno llega cuando el esfuerzo de mi memoria por retroceder y abrirse paso entre el dolor se hace imposible. Y me duelen los oídos, y la gente mira al cielo, ensordecida por algo que ni siquiera ha sonado.

La luz no llega, no consigue colarse entre las pocas rendijas que deja la tormenta. Veo rostros que miran al cielo, veo coches detenidos ante semáforos invisibles, veo… buitres sobrevolando en círculo sobre nosotros.

Mientras, sigo buscando una tarta de cumpleaños.

Encendí el tercer cigarro en un paseo con árboles doblados por el peso de los truenos. Porque los truenos pesan, y se extienden en una ola que nunca acaba. Se pueden agarrar y comer. Son rojos y queman. Los niños juegan con ellos, se ríen, los tocan. Siempre es día de fiesta cuando uno es un niño.

¿Quién cumple años hoy?

El segundo trueno llega y cierro los ojos para no verlo. Y es que, si uno se esfuerza, también puede verlos cuando llegan. Es más fuerte, más violento, derriba muros y rompe ventanas, y me quedo sola, en la calle sin nombre que no va a ninguna parte, mucho menos aún a una fiesta de cumpleaños.

No vale la pena correr. No hay donde esconderse. La calma que trae esa certeza es como rozar el cielo. La tormenta nos ha sobrevenido, el vendaval se lo lleva todo. Pero estoy tranquila, estúpidamente tranquila, y eso me clava al suelo y no deja que me lleve. Y recuerdo… Recuerdo de nuevo las velas en una tarta, un regalo que nunca existió y una canción que no llegué a cantar. Porque no se celebran los cumpleaños de los que no están. Porque cinco días antes habías muerto.

Encendí el último cigarro cuando sonó el teléfono. Sonreí y cerré los ojos, pensando que, de todas las personas del mundo, solo había una a la que quería oír. Y como sabía que nunca sería ella, no quise descolgar.

Ya no me importaba la llegada de la tormenta.

Imagen

LA CRECIDA DEL AGUA

Una mujer con un teléfono, frente a una ventana.

Yo.

Estoy descalza sobre el suelo encharcado. Descalza, si, con los zapatos de la mano, un teléfono y un cigarro que mantengo con pulso extrañamente firme. Y digo extrañamente, porque toda esta situación es francamente absurda.

El agua cubre el suelo, cada vez un poco más. Parece que hace siglos que empezó la lluvia, tras ella el viento, tras él… la crecida del agua.

Había pequeñas cataratas en la escalera, como si todo el mundo se hubiera dejado los grifos abiertos. El agua salía mansamente bajo las puertas, lenta pero imparable, convirtiendo el portal en un Niágara en miniatura. Flotando… bayetas, trapos, fregonas, cubos… Encendí el primer cigarro en el segundo piso, cuando el agua ya me llegaba por los tobillos. El viento huracanado bramaba y hacía temblar los cristales. Ya no se oía la lluvia, ya no se oía… nada.

Sigo con el teléfono descolgado, fumando, descalza frente a la ventana. Dentro de unos segundos llegará otra ola, lo sé. Cada vez los intervalos son más cortos, cada vez el agua llega más alto. Cada vez estoy más tranquila.

Cuento los breves movimientos de la aguja del reloj y allí está. Viene como con un susurro, cristalina, tentadora, lamiendo suavemente los cristales. Por las rendijas que no deberían estar allí, empieza a colarse como un invitado inesperado y casi… bienvenido.

Esta vez ha llegado más alto.

Decidí quitarme los zapatos cuando andar con ellos parecía un suicidio. Pensé que era mejor clavarme cualquier cosa en los pies que caer escaleras abajo lastrada por ellos. Qué absurda lógica. Encendí el segundo cigarro en el tercer piso, intentando oír algo. Nada. Nada detrás de esas puertas que parecían exclusas de una presa en vez de algo mínimamente habitable. Nadie tras la mirilla, nadie hablando. Todo el mundo parecía presa de ese raro silencio casi sagrado, casi palpable, solo amortiguado por el susurro de la crecida del agua.

El agua me llega por las rodillas. Afuera, todo parece en calma. Aún quedan unos minutos.

No estoy sola, hay dos personas conmigo. Personas importantes, de esas con las que creces, a las que quieres porque sí, porque es lo correcto, porque lo raro es precisamente sentir un inevitable desapego, porque, después de todo, no tienes nada en común con ellas. Y aún así… pues si, que carajo, se las quiere. A ver que remedio queda.

También están en silencio. Lloran. Yo querría llorar, pero estoy tranquila. Creo que el espanto me ha superado. Siempre pensé que en una situación así me desesperaría, gritaría, intentaría lo que fuera. Pero no es así. A pesar de ello, una parte de mí está chillando descontrolada.

Sálvalas, ruge. Sálvalas, sálvalas…

Pero no puedo.

Esta vez, cuando llega, la miro de frente. Es limpia, pura, es… celestial.

Un palmo más y sobrepasará la ventana, y entonces…

¿Por qué cuando nos pasa algo realmente increíble es cuando menos lo pensamos? Ni siquiera se cuestiona la magnitud de algunas situaciones, no se piensa, solo se avanza. Y eso era lo único que podía hacer, seguir subiendo escalones, despacio, muy despacio. Encendí el tercer cigarro al llegar a la puerta de casa, en el cuarto piso. Había toallas en la puerta. Nada más. Esperé mientras fumaba, y seguía sin oír nada. Abrí la puerta y allí estaban, en el mismo sitio que ahora, llorando como ahora, sin hablar, como ahora. Pregunté ¿qué ocurre? Y luego me eché a reír por lo absurdo de la pregunta.

Me llega por la cintura y me mece, y me tengo que apoyar contra la pared para no caer al suelo. Sigo con el teléfono de la mano.

Enciendo el último cigarro. Cuando llega me doy cuenta de que estoy llorando, sin dejar de mirarla, con ganas de abrir la ventana, dejarla entrar… y acabar de una vez por todas.

Ella llega y marco el primer número. Ya sé que solo quiero llamar a la única persona que no puede oír mi voz.

Mientras el agua crece y crece, solo tengo fuerzas para pensar en qué diría si me diera tiempo a marcar el último número.

Y como no lo sé, tampoco me importa la crecida del agua.

Water

LA MADRE Y LA MANZANA

Buena hora-entre-horas, lector invisible.

En este momento, en el que el aliento se congela en los cristales, en el que los dedos entumecidos no atinan a encender un cigarrillo más, en el que la punta de la nariz, insensible por el frío, busca una madriguera tibia que alivie el paso del aire congelado… en este momento es cuando mejor se cuentan los cuentos.

Dejad la hora de la medianoche para las Historias Mayores, para los sustos y los fantasmas, para las palabras veloces y los verbos complicados. Dejadla ahí, siempre hay tiempo para ella. No así para la hora-entre-horas, más fugaz quizá, mucho más breve. Donde hay que narrar las cosas con calma, recreándose en estos minutos que parecen años. El momento de la magia, de las cosas que muerden bajo las camas. De los cuentos imposibles.

Deja que te cuente un cuento, lector invisible. De una niña, de una madre, de una manzana, de un espejo.

Cierra los ojos y escucha.

LA MADRE Y LA MANZANA

Este reino de ratones y calabazas… Trajo la noche de látex color negro crueldad una bandada de vampiros con trajes italianos y zapatos de tacón. Una manada de depredadores silenciosos, sonrientes, marionetas perfectas, asesinos de niños, siempre serviciales y dispuestos, cabalgando a lomos de La Ciudad.

La Ciudad. Un desierto de canicas verdes y mortales, una Ciudad Apocalipsis que transformó la arena en asfalto, maniquíes en autómatas, que sujeta los hilos y no los suelta, que hace que dances, que corras, que te escondas. Que esconde en la otra mano unas tijeras pequeñas, para cortar vidas pequeñas.

Sus zapatos arrollan por las aceras como la proa de un buque de guerra. Afilados, peligrosos, hirientes. No camina, arrolla. Si fuese un animal, sería el caballo del huno Atila. Si fuera un vegetal, sería una planta carnívora.

“Quería una niña, con cabellos negros como el ébano, con piel blanca como la nieve, con labios rojos como mi sangre…”

Vuelve a casa, y, a la vez, no tiene la menor idea de adonde va. La Madre no es una reina bondadosa de un cuento, pero tampoco es el Lobo Feroz, y sabe que tiene que volver. Porque la niña Abigail duerme, y su sueño es asesino. Porque las hojas negras de los libros blancos tienen manchas rojas. Porque las máscaras de la pared hablan, aunque ella no pueda oírlas.

Pero lo sabe. Con una certeza que viene de creer en lo imposible, de aceptar lo improbable. La Madre no tuvo quien le enseñara a enseñar. Y los cementerios están llenos de buenas intenciones…

“Quería una niña, si, una princesa encantada y feliz, mi Blancanieves, mi Aurora…”

La Madre piensa en todas las veces que no la creyó. Cuando la niña Abigail avisó del Lobo, de la Rueca, de las Zapatillas Rojas, del Cuervo, de las luces y las sombras… Y no pensó que fuera real. Las niñas inventan, las niñas llaman la atención, las niñas no saben lo que dicen. Hasta el día de la sangre y los gritos.

Hasta que La Madre intuyó por fin el otro lado del espejo.

“Entra en este bosque encantado. Tú que osas…”

Manzanas envenenadas en la cocina.

Ruecas sin huso con hilos que ahogan.

Bailes de muerte que rompen los huesos.

Cuervos que devoran los ojos.

Luces y sombras que pasan a toda velocidad. La Madre corre descalza, a través de calles pegajosas por la ceniza del tiempo que no supo detener. A través de la niebla que esconde los portales. Bajo las miradas de los vampiros, que nunca entendieron nada. Mujer o Conejo Blanco, llegando tarde, demasiado tarde.

La niña Abigail la encuentra, temblando de miedo entre sábanas blancas y empapadas de terror. Y sonríe.

Pero su sonrisa tiene dientes de Lobo, sus palabras llevan la ponzoña de mil años de cuentos perversos y deformes, sus manos son frías y están muertas. Porque ya es demasiado tarde.

“No es nada, mamá. Solo es otra pesadilla.”

La Madre oye esa risa bajita y cruel. Y, mientras la niña Abigail la abraza, por fin ve su verdadera cara. A través del espejo.

Imagen

ABIGAIL Y EL CUERVO

Horas-entre-horas congeladas, con cielos naranjas anunciando nieve. El momento perfecto para contar otro cuentro, querido, querido, lector invisible.

Ponte cómodo. Deja que tus párpados caigan. Escucha, lector invisible, ¿puedes oir el viento tras los cristales? ¿puedes oir cómo graznan los cuervos?

ABIGAIL Y EL CUERVO

Este osario de ilusiones pisoteadas y humo de cigarros que nunca fumamos… Trajo el anochecer un vendaval de cartas de amor que no se enviaron, de sellos de reinas muertas y dioses vivos, tornados hambrientos, inmóviles, impávidos, flotando como siniestros cucuruchos de helado en el cielo plomo y malva de La Ciudad.

La Ciudad. Un erial oscuro, una Chernobyl llena de nada, vacía de todo, aletargada por su propia miseria. La Ciudad. Que comió hostias ácimas y sangre venenosa, y lo escupió en forma de prisa, de indiferencia, de susurros y palabras quedas, suspendidas en la angustia de un futuro que ya no existe.

Sus zapatillas rojas son silenciosas. Hoy no chapotean, ni repican contra los adoquines. Hoy se mueven en una danza silenciosa y lenta, por las líneas que dejan las baldosas, sobre las alcantarillas, pequeños espejos de sangre bailando sobre rejas, al compás del huracán.

“Es el viento, y nada más…”

Hoy no hay prisa, hoy no corre. La niña Abigail, mariposa del aire, flota, se estira, mueve los brazos suavemente, señala cuidadosamente con las puntas de sus pies a los tornados, a los que corren tras sus papeles perdidos, a los que gritan por las piedras caídas de los tejados.

Las caras blancas de los libros negros le contaron un cuento. Uno de zapatillas rojas, y niñas que bailan, y viento, y fantasmas. Robó dinero y compró unas iguales. Para ella no fue algo malo, la niña Abigail no tuvo quien le enseñara la diferencia entre el bien y el mal. Solo hubo máscaras. Solo hubo espejos. Y los espejos nunca enseñan lo que debemos aprender.

“…pájaros de ébano gritando Nunca Más…”

Para ella, la calma es algo nuevo. No correr, no sentir, solo flotar y danzar y dejarse llevar por el huracán. Sentir el horrible dolor de las zapatillas rojas clavándose cada vez más fuerte en sus pies pequeños y helados como los de un cadáver, ver como las cintas escarlata se convierten en serpientes de cascabel que mueven la cola al ritmo de su baile de difuntos, zapatillas hambrientas, serpientes que aprietan y ahogan los tobillos demasiado frágiles de la niña Abigail.

Pero… ¿Qué no es frágil en ella? Su pelo de cristal, su cara de porcelana, sus huesos pequeños y huecos como los de un pájaro. Es difícil no romperse siendo así. Y a pesar de todo, danza. Danza como si le fuera la vida en ello, como si parar la empujara a la tumba que sabe que la espera pronto. Y huellas rojas y brillantes, como sus zapatillas, quedan en las aceras llenas de plumas negras de cuervos invisibles a su paso. Sin parar. Sin pensar.

“…y sus ojos tienen la apariencia de los de un demonio que está soñando…”

La niña Abigail es lista y pequeña, y sabe que el final está cerca. Todos los animales saben donde tienen que ir a morir. Mientras el cuervo grita, mientras ella danza, mientras la vida se le va por los pies. Avanza sin descanso, en su particular baile de muertos, en este día en el que Dios le ha dado una tregua. La noche llega, y con ella… una paz sin retorno, lo que siempre había buscado.

“Solo quería que dejara de doler…”

Y ella, la Otra, la de dientecillos afilados y risa de hiena, la mira desde el espejo roto donde vive desde hace ya mucho tiempo, se carcajea de la inocencia, se burla de esa oportunidad de ser por fin libre que, en realidad, nunca existió. Y en su risa loca, la niña Abigail se reconoce una vez más. Los tobillos se quiebran, los tornados giran, los cuervos mueren.

La Madre la encuentra, oyó de nuevo sus gritos. Ve sangre en las sábanas pequeñas y húmedas, y apenas se atreve a decir… No es nada, solo otra pesadilla.

El terror de la Madre es nuevo. Y la niña Abigail llora en silencio, mientras aparta la vista para no ver la sonrisa triunfal de ese rostro que ya no sabe si es suyo, paciente, malvado, sabiendo que mañana se volverán a ver. Yo solo quería bailar…

“Y el Cuervo dijo: Nunca más.”

red shoes2

ABIGAIL Y LA RUECA

Deja que te cuente algo más del cuento de la Niña Abigail, estimado lector invisible, en esta fría hora entre horas.

Cierra los ojos y no mires a los espejos.

ABIGAIL Y LA RUECA

Este cementerio de hormigas muertas… Trajo el mediodía el diluvio universal, una sinfonía de gotas descontroladas que empapan hasta el sentido común, transformando La Ciudad en una necrópolis de insectos tempranos.

La Ciudad. Esta llanura de kilotones de odio radiactivo, como una Vitim urbana aún por detonar. La Ciudad. Un fantasma rencoroso y hambriento, que abre la boca y te engulle a cualquier hora del día.

Sus botitas de agua chapotean veloces, muy cercanas a casa ya. Son negras, a juego con sus zapatitos de charol, e igualmente relucientes. Las antenas de los tejados se ven reflejadas en su espejada superficie, como una tira de cómic pasando a toda velocidad.

“Llego tarde, llego tarde…”

Lleva prisa, como siempre. Siempre hay algo que hacer, el tiempo apremia, porque nada espera. Todo es como un parpadeo. Ahora está, ahora no está. La niña Abigail, la pequeña ardilla de ciudad, siempre parece poseída por un exceso de cafeína. Ya se esconde mejor, pero siempre llega tarde.

Y hoy el apremio es mayor. La niña Abigail debe arreglar lo que ha roto. Al despertar en su habitación oscura llena de máscaras blancas vio lo que había hecho. Sus manitas apretaban la sábana rota, despedazada, hecha jirones por los malos sueños de la noche. Y la niña Abigail siempre tiene miedo de lo que pueda pasar si no arregla lo que hace…

“Llego tarde, llego tarde…”

Es un triste Conejo Blanco con una máquina de coser desportillada, descuajaringada por el uso. Y esa otra, la del espejo, se ríe y canta, y dice que no acabará, que es imposible. Pero ella lo intenta, se esfuerza, como una pequeña abejita afanosa. Gira la rueca, tira del hilo. Ojala fuera una araña con fuertes hilos de seda…

La niña Abigail no quiere mirar al espejo, a esa otra. Es como ella, pero con dientes afilados y caníbales. Cuando ella llegó, se fueron las voces de los cuentos negros y llegaron las historias rojas, de ángeles de alas rotas y gritos y nubes. No mira al espejo, pero oye su risa malvada… “Sigue, princesa Aurora, sigue con tu rueca y con tu huso…”

“Llego tarde, llego tarde…”

La niña Abigail es lista, y su miedo crece y crece… Es pequeña, pero ya sabe que no hay acción sin reacción, no hay maldad sin su castigo. No hay puerta, por diminuta que sea, que no tenga su llave… aunque para conseguirla tengas que seguir al Conejo Blanco. Pero hoy, que el Conejo Blanco es ella, que no tiene madriguera por la que huir, solo puede girar, y girar, y girar…

Y la rueca gira, y el hilo se tensa. Y la sangre corre por la manita de la niña Abigail.

“Mira, princesa Aurora, mira como el huso se te clava como una estaca…”

Ella, esa otra, se ríe bajito al otro lado del espejo, tapando sus dientecillos asesinos con la mano. Es una risa cruel, de niña pequeña, de pasillo de colegio, de película de terror. Antes de cerrar los ojos, la niña Abigail reconoce en ella su propia risa…

La Madre la encuentra, desvanecida en el suelo, caída de la cama, con las sábanas empapadas aferradas a sus manitas. No es nada, solo otra pesadilla.

Y la niña Abigail se ríe, muy muy bajito, para que no oiga su risita enloquecida, mientras se despide hasta mañana de los ojos amarillos que la esperan al otro lado del espejo.

“Ven a jugar conmigo, Abigail…”

Imagen