PEQUEÑAS COSITAS NEGRAS

Una legión de pequeñas cositas negras se desliza por mi garganta, como un ejército de hormiguitas en perfecta formación. Murmuran y ríen, y cada paso que dan las hace más difíciles de tragar.

Son… todas esas pequeñas cositas negras de las que no se puede hablar.

A veces se meten en la cabeza, y se convierten en un punto en mitad de la frente. Dan vueltas sobre sí mismas, se enroscan y no puedes dejar de mirarlas. Hacen que pienses en lo malo, en lo oscuro, en todo eso que no se debe tener ni siquiera en cuenta. Son…

…todas esas pequeñas cositas negras en las que no se debe pensar.

Otras veces se sientan en la lengua, con sus patitas cortas como mentiras colgando hacia fuera, pugnando por salir. Y tienes que morderlas y hacerte daño, porque quieren salir de la boca, tomar forma y escapar. Colarse en los oídos ajenos, como parásitos venenosos y envenenados y susurrar las palabras prohibidas. Son…

… todas esas pequeñas cositas negras que nadie puede oír.

Y algunos días, las tienes en la punta de los dedos. Y te sientas, y escribes, y juegas con ellas como quien juega con un niño. La tinta las hace libres y vuelan por el papel. Sonríes mientras las miras, saltando alegres con su máscara inocente y perversa y piensas… no es tan malo, no es tan sucio. No está prohibido. No pasa nada.

Les das alas y… un niño las encuentra. Y tienes miedo, porque ahora también viven en él…

… todas esas pequeñas cositas negras que nunca debí contar.

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