Y POR FIN, LA NADA

Una mujer, fumando mientras tirita por un frío que no existe, mientras dibuja letras en un cristal empañado por su propio aliento. Una mujer con un cigarro a medio consumir. De nuevo, yo.

La avenida está oscura, sembrada de farolas que emiten una luz muerta, que succiona la poca luz, como una bandeja de canapés rancios pinchados con palillos inútiles pero afilados. La avenida, donde una vez hubo flores y árboles, donde una noche hace demasiadas noches tuve que preguntar por el camino a casa.

El asfalto abandona su aspecto lineal y se curva. La avenida es una montaña rusa, con looping incluido donde ponerte patas arriba, se ensancha y gira sobre si misma al ritmo de un viento que… tampoco existe.

Todos los caminos que me llevan a casa se han convertido en pesadillas vivientes…

Encendí el segundo cigarrillo al ver que al final de la avenida no había nada.

No era una nada como un muro. No era una nada como una señal de stop. No era una nada como un barranco.

Era la nada de La Historia Interminable. La que perseguía a Atreyu y le convertía en alguien gris y enfermo. Pero ni yo soy Atreyu ni tengo un dragón de la suerte. Aún así, allí estaba. El vacío tras el último universo. La Nada.

Claro, pensé, por eso no hay viento, ni frío, ni lluvia. Porque se los ha comido. Y ese pensamiento hizo que tuviera que sentarme en mitad de la avenida negra, mareada por sus curvas, por su silencio, por su… Nada.

Encendí el tercer cigarro y me quedé sin gas en el mechero.

En el fondo, era lo normal. Si venía La Nada, tampoco quedaría gas en los mecheros.

Conté los segundos que tardaba en devorar la tierra con mi reloj parado. No fue tan difícil como parece. Y los números también se fueron. La Nada se los comió. También se comió el miedo, las lágrimas y, muy despacio, empezó a aniquilar los recuerdos.

Adiós infancia. Adiós juventud. Adiós adiós adiós…

Bendita seas, dije. Bendita seas.

A mis pies… querría decir que había un abismo, pero es mentira. No había nada. Bueno, en realidad… en realidad había Nada. ¿Sabéis a qué me refiero? Nada. Eso había. Estaba quieta y me miraba. Ya había engullido todo, y estaba repleta, satisfecha, pero quieta. Demasiado quieta.

Toma, le dije. Llévate el último recuerdo, todavía queda uno.

La Nada no hacía nada. Suena como un mal chiste, pero, ¿qué otra cosa puede hacer La Nada, sino avanzar, comer y nada?

No lo quiero, dijo ella. Ese no lo quiero. Ese mata.

Tómalo, volví a decir. Llévatelo lejos y llévame a mi también. Es un recuerdo secreto, nadie se enterará nunca.

No lo quiero. Ese mata.

Bendita seas, llévatelo. Por favor…

Me miró con sus ojos de Nada y se dio la vuelta. Se marchaba sin mi y sin mi recuerdo mortal.

Me quedé sentada, viéndola marchar, dejando una avenida a medio comer, como ese sandwich que queda en la bandeja tras una fiesta, el bocado endurecido y reseco que nadie quiere. Soy un sandwich de mortadela abandonado, me dije. Soy el poso del café.

Soy un puto recuerdo que mata.

Y no tengo mechero.

infinity

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