LA LLEGADA DE LA TORMENTA

Una mujer fumando, viendo como su aliento empaña un cristal. Una mujer frente a una puerta con barrotes metálicos, fumando, respirando. Una mujer, como siempre, yo.

La calle alargada se estrecha, adoptando la perspectiva cónica de los cuadernos de dibujo de la niñez. Las aceras y ventanas, nítidas y en relieve, hechas con un tiralíneas gigante. Las farolas luchan con su fantasmal luz naranja para hacerse visibles entre la tiniebla, a las cinco de la tarde. Y es que el cielo es como un agujero negro sin final y sin principio. Ha llegado la tormenta.

Salir a la calle fue fácil. Solo hay que dar un paso detrás de otro e intentar no pensar. Y, sobre todo, no mirar hacia arriba, donde enormes nubes devoran el día. Se extienden a la velocidad del miedo, que es mucha, suenan como una carrera de fórmula uno. Se extienden y suenan, si, y empiezo a correr.

El día deviene en crepúsculo temprano y aterrador. Los adoquines y el asfalto son vallas en mi carrera de obstáculos, y corro, corro buscando a…

Encendí el segundo cigarro cuando me di cuenta de que no sabía a quién buscaba. Aspiré el humo, con los pulmones ardientes por la carrera. El dolor, atroz, me dobla por la mitad. Pero sonrío, eso es que aún estoy viva.

Alguien cumple años hoy, recuerdo, mientras esa noche repentina y feroz me cae encima, con la fuerza de un piano de cola lanzado desde un octavo piso. Alguien cumple años, pero no sé quién… Recuerdo velas en una tarta, recuerdo canciones y fotos.

El primer trueno llega cuando el esfuerzo de mi memoria por retroceder y abrirse paso entre el dolor se hace imposible. Y me duelen los oídos, y la gente mira al cielo, ensordecida por algo que ni siquiera ha sonado.

La luz no llega, no consigue colarse entre las pocas rendijas que deja la tormenta. Veo rostros que miran al cielo, veo coches detenidos ante semáforos invisibles, veo… buitres sobrevolando en círculo sobre nosotros.

Mientras, sigo buscando una tarta de cumpleaños.

Encendí el tercer cigarro en un paseo con árboles doblados por el peso de los truenos. Porque los truenos pesan, y se extienden en una ola que nunca acaba. Se pueden agarrar y comer. Son rojos y queman. Los niños juegan con ellos, se ríen, los tocan. Siempre es día de fiesta cuando uno es un niño.

¿Quién cumple años hoy?

El segundo trueno llega y cierro los ojos para no verlo. Y es que, si uno se esfuerza, también puede verlos cuando llegan. Es más fuerte, más violento, derriba muros y rompe ventanas, y me quedo sola, en la calle sin nombre que no va a ninguna parte, mucho menos aún a una fiesta de cumpleaños.

No vale la pena correr. No hay donde esconderse. La calma que trae esa certeza es como rozar el cielo. La tormenta nos ha sobrevenido, el vendaval se lo lleva todo. Pero estoy tranquila, estúpidamente tranquila, y eso me clava al suelo y no deja que me lleve. Y recuerdo… Recuerdo de nuevo las velas en una tarta, un regalo que nunca existió y una canción que no llegué a cantar. Porque no se celebran los cumpleaños de los que no están. Porque cinco días antes habías muerto.

Encendí el último cigarro cuando sonó el teléfono. Sonreí y cerré los ojos, pensando que, de todas las personas del mundo, solo había una a la que quería oír. Y como sabía que nunca sería ella, no quise descolgar.

Ya no me importaba la llegada de la tormenta.

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