COFFEE & CIGARETTES

Literalmente, no necesito nada más para vivir.

Me sobra la comida sólida, el aire limpio. La gente, el ruido, las camas, el orden y el caos.

Una taza de café es parecida al paraíso. La mía es negra y brillante, grande, un cáliz sagrado que cada pocas horas abrazo con las dos manos intentando calentar algo más que los dedos. A veces solo es el estómago, y ya es algo agradable; el cosquilleo en la nuca, la tibieza en la garganta, el escalofrío de un cuerpo buscando el calor perdido. A veces el corazón, y esas veces es aún mejor. El aroma entra por la nariz y se abre camino al alma, familiar y acogedor. Es como volver a casa, a un hogar tranquilo y apacible donde te espera… la nada.

Hay dos cigarrillos concretos que son, no sé si símbolos o realidades maravillosas. Uno de ellos es el del primer café. Es un cigarrillo que al principio duele, pero luego se transforma en una nube oscura y ardiente, y cierro los ojos, y no pienso en nada. Solo en ese momento, en ese lugar. En mi silla roja cromada e incómoda, pero que me gusta porque es MIA.

El otro es el de las madrugadas de insomnio. Es venenoso y marea. Es necesario hasta la nausea. Dibuja fantasmas, promesas rotas, espectros que quiero olvidar y no puedo. Sabe amargo y tóxico. Es…

La pequeña hoguera donde arden mis sueños, en monodósis.

A veces, hasta me sobra la vida. Y eso asusta.

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