LA MADRE Y LA MANZANA

Buena hora-entre-horas, lector invisible.

En este momento, en el que el aliento se congela en los cristales, en el que los dedos entumecidos no atinan a encender un cigarrillo más, en el que la punta de la nariz, insensible por el frío, busca una madriguera tibia que alivie el paso del aire congelado… en este momento es cuando mejor se cuentan los cuentos.

Dejad la hora de la medianoche para las Historias Mayores, para los sustos y los fantasmas, para las palabras veloces y los verbos complicados. Dejadla ahí, siempre hay tiempo para ella. No así para la hora-entre-horas, más fugaz quizá, mucho más breve. Donde hay que narrar las cosas con calma, recreándose en estos minutos que parecen años. El momento de la magia, de las cosas que muerden bajo las camas. De los cuentos imposibles.

Deja que te cuente un cuento, lector invisible. De una niña, de una madre, de una manzana, de un espejo.

Cierra los ojos y escucha.

LA MADRE Y LA MANZANA

Este reino de ratones y calabazas… Trajo la noche de látex color negro crueldad una bandada de vampiros con trajes italianos y zapatos de tacón. Una manada de depredadores silenciosos, sonrientes, marionetas perfectas, asesinos de niños, siempre serviciales y dispuestos, cabalgando a lomos de La Ciudad.

La Ciudad. Un desierto de canicas verdes y mortales, una Ciudad Apocalipsis que transformó la arena en asfalto, maniquíes en autómatas, que sujeta los hilos y no los suelta, que hace que dances, que corras, que te escondas. Que esconde en la otra mano unas tijeras pequeñas, para cortar vidas pequeñas.

Sus zapatos arrollan por las aceras como la proa de un buque de guerra. Afilados, peligrosos, hirientes. No camina, arrolla. Si fuese un animal, sería el caballo del huno Atila. Si fuera un vegetal, sería una planta carnívora.

“Quería una niña, con cabellos negros como el ébano, con piel blanca como la nieve, con labios rojos como mi sangre…”

Vuelve a casa, y, a la vez, no tiene la menor idea de adonde va. La Madre no es una reina bondadosa de un cuento, pero tampoco es el Lobo Feroz, y sabe que tiene que volver. Porque la niña Abigail duerme, y su sueño es asesino. Porque las hojas negras de los libros blancos tienen manchas rojas. Porque las máscaras de la pared hablan, aunque ella no pueda oírlas.

Pero lo sabe. Con una certeza que viene de creer en lo imposible, de aceptar lo improbable. La Madre no tuvo quien le enseñara a enseñar. Y los cementerios están llenos de buenas intenciones…

“Quería una niña, si, una princesa encantada y feliz, mi Blancanieves, mi Aurora…”

La Madre piensa en todas las veces que no la creyó. Cuando la niña Abigail avisó del Lobo, de la Rueca, de las Zapatillas Rojas, del Cuervo, de las luces y las sombras… Y no pensó que fuera real. Las niñas inventan, las niñas llaman la atención, las niñas no saben lo que dicen. Hasta el día de la sangre y los gritos.

Hasta que La Madre intuyó por fin el otro lado del espejo.

“Entra en este bosque encantado. Tú que osas…”

Manzanas envenenadas en la cocina.

Ruecas sin huso con hilos que ahogan.

Bailes de muerte que rompen los huesos.

Cuervos que devoran los ojos.

Luces y sombras que pasan a toda velocidad. La Madre corre descalza, a través de calles pegajosas por la ceniza del tiempo que no supo detener. A través de la niebla que esconde los portales. Bajo las miradas de los vampiros, que nunca entendieron nada. Mujer o Conejo Blanco, llegando tarde, demasiado tarde.

La niña Abigail la encuentra, temblando de miedo entre sábanas blancas y empapadas de terror. Y sonríe.

Pero su sonrisa tiene dientes de Lobo, sus palabras llevan la ponzoña de mil años de cuentos perversos y deformes, sus manos son frías y están muertas. Porque ya es demasiado tarde.

“No es nada, mamá. Solo es otra pesadilla.”

La Madre oye esa risa bajita y cruel. Y, mientras la niña Abigail la abraza, por fin ve su verdadera cara. A través del espejo.

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