ABIGAIL Y EL CUERVO

Horas-entre-horas congeladas, con cielos naranjas anunciando nieve. El momento perfecto para contar otro cuentro, querido, querido, lector invisible.

Ponte cómodo. Deja que tus párpados caigan. Escucha, lector invisible, ¿puedes oir el viento tras los cristales? ¿puedes oir cómo graznan los cuervos?

ABIGAIL Y EL CUERVO

Este osario de ilusiones pisoteadas y humo de cigarros que nunca fumamos… Trajo el anochecer un vendaval de cartas de amor que no se enviaron, de sellos de reinas muertas y dioses vivos, tornados hambrientos, inmóviles, impávidos, flotando como siniestros cucuruchos de helado en el cielo plomo y malva de La Ciudad.

La Ciudad. Un erial oscuro, una Chernobyl llena de nada, vacía de todo, aletargada por su propia miseria. La Ciudad. Que comió hostias ácimas y sangre venenosa, y lo escupió en forma de prisa, de indiferencia, de susurros y palabras quedas, suspendidas en la angustia de un futuro que ya no existe.

Sus zapatillas rojas son silenciosas. Hoy no chapotean, ni repican contra los adoquines. Hoy se mueven en una danza silenciosa y lenta, por las líneas que dejan las baldosas, sobre las alcantarillas, pequeños espejos de sangre bailando sobre rejas, al compás del huracán.

“Es el viento, y nada más…”

Hoy no hay prisa, hoy no corre. La niña Abigail, mariposa del aire, flota, se estira, mueve los brazos suavemente, señala cuidadosamente con las puntas de sus pies a los tornados, a los que corren tras sus papeles perdidos, a los que gritan por las piedras caídas de los tejados.

Las caras blancas de los libros negros le contaron un cuento. Uno de zapatillas rojas, y niñas que bailan, y viento, y fantasmas. Robó dinero y compró unas iguales. Para ella no fue algo malo, la niña Abigail no tuvo quien le enseñara la diferencia entre el bien y el mal. Solo hubo máscaras. Solo hubo espejos. Y los espejos nunca enseñan lo que debemos aprender.

“…pájaros de ébano gritando Nunca Más…”

Para ella, la calma es algo nuevo. No correr, no sentir, solo flotar y danzar y dejarse llevar por el huracán. Sentir el horrible dolor de las zapatillas rojas clavándose cada vez más fuerte en sus pies pequeños y helados como los de un cadáver, ver como las cintas escarlata se convierten en serpientes de cascabel que mueven la cola al ritmo de su baile de difuntos, zapatillas hambrientas, serpientes que aprietan y ahogan los tobillos demasiado frágiles de la niña Abigail.

Pero… ¿Qué no es frágil en ella? Su pelo de cristal, su cara de porcelana, sus huesos pequeños y huecos como los de un pájaro. Es difícil no romperse siendo así. Y a pesar de todo, danza. Danza como si le fuera la vida en ello, como si parar la empujara a la tumba que sabe que la espera pronto. Y huellas rojas y brillantes, como sus zapatillas, quedan en las aceras llenas de plumas negras de cuervos invisibles a su paso. Sin parar. Sin pensar.

“…y sus ojos tienen la apariencia de los de un demonio que está soñando…”

La niña Abigail es lista y pequeña, y sabe que el final está cerca. Todos los animales saben donde tienen que ir a morir. Mientras el cuervo grita, mientras ella danza, mientras la vida se le va por los pies. Avanza sin descanso, en su particular baile de muertos, en este día en el que Dios le ha dado una tregua. La noche llega, y con ella… una paz sin retorno, lo que siempre había buscado.

“Solo quería que dejara de doler…”

Y ella, la Otra, la de dientecillos afilados y risa de hiena, la mira desde el espejo roto donde vive desde hace ya mucho tiempo, se carcajea de la inocencia, se burla de esa oportunidad de ser por fin libre que, en realidad, nunca existió. Y en su risa loca, la niña Abigail se reconoce una vez más. Los tobillos se quiebran, los tornados giran, los cuervos mueren.

La Madre la encuentra, oyó de nuevo sus gritos. Ve sangre en las sábanas pequeñas y húmedas, y apenas se atreve a decir… No es nada, solo otra pesadilla.

El terror de la Madre es nuevo. Y la niña Abigail llora en silencio, mientras aparta la vista para no ver la sonrisa triunfal de ese rostro que ya no sabe si es suyo, paciente, malvado, sabiendo que mañana se volverán a ver. Yo solo quería bailar…

“Y el Cuervo dijo: Nunca más.”

red shoes2

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s