ABIGAIL Y LA RUECA

Deja que te cuente algo más del cuento de la Niña Abigail, estimado lector invisible, en esta fría hora entre horas.

Cierra los ojos y no mires a los espejos.

ABIGAIL Y LA RUECA

Este cementerio de hormigas muertas… Trajo el mediodía el diluvio universal, una sinfonía de gotas descontroladas que empapan hasta el sentido común, transformando La Ciudad en una necrópolis de insectos tempranos.

La Ciudad. Esta llanura de kilotones de odio radiactivo, como una Vitim urbana aún por detonar. La Ciudad. Un fantasma rencoroso y hambriento, que abre la boca y te engulle a cualquier hora del día.

Sus botitas de agua chapotean veloces, muy cercanas a casa ya. Son negras, a juego con sus zapatitos de charol, e igualmente relucientes. Las antenas de los tejados se ven reflejadas en su espejada superficie, como una tira de cómic pasando a toda velocidad.

“Llego tarde, llego tarde…”

Lleva prisa, como siempre. Siempre hay algo que hacer, el tiempo apremia, porque nada espera. Todo es como un parpadeo. Ahora está, ahora no está. La niña Abigail, la pequeña ardilla de ciudad, siempre parece poseída por un exceso de cafeína. Ya se esconde mejor, pero siempre llega tarde.

Y hoy el apremio es mayor. La niña Abigail debe arreglar lo que ha roto. Al despertar en su habitación oscura llena de máscaras blancas vio lo que había hecho. Sus manitas apretaban la sábana rota, despedazada, hecha jirones por los malos sueños de la noche. Y la niña Abigail siempre tiene miedo de lo que pueda pasar si no arregla lo que hace…

“Llego tarde, llego tarde…”

Es un triste Conejo Blanco con una máquina de coser desportillada, descuajaringada por el uso. Y esa otra, la del espejo, se ríe y canta, y dice que no acabará, que es imposible. Pero ella lo intenta, se esfuerza, como una pequeña abejita afanosa. Gira la rueca, tira del hilo. Ojala fuera una araña con fuertes hilos de seda…

La niña Abigail no quiere mirar al espejo, a esa otra. Es como ella, pero con dientes afilados y caníbales. Cuando ella llegó, se fueron las voces de los cuentos negros y llegaron las historias rojas, de ángeles de alas rotas y gritos y nubes. No mira al espejo, pero oye su risa malvada… “Sigue, princesa Aurora, sigue con tu rueca y con tu huso…”

“Llego tarde, llego tarde…”

La niña Abigail es lista, y su miedo crece y crece… Es pequeña, pero ya sabe que no hay acción sin reacción, no hay maldad sin su castigo. No hay puerta, por diminuta que sea, que no tenga su llave… aunque para conseguirla tengas que seguir al Conejo Blanco. Pero hoy, que el Conejo Blanco es ella, que no tiene madriguera por la que huir, solo puede girar, y girar, y girar…

Y la rueca gira, y el hilo se tensa. Y la sangre corre por la manita de la niña Abigail.

“Mira, princesa Aurora, mira como el huso se te clava como una estaca…”

Ella, esa otra, se ríe bajito al otro lado del espejo, tapando sus dientecillos asesinos con la mano. Es una risa cruel, de niña pequeña, de pasillo de colegio, de película de terror. Antes de cerrar los ojos, la niña Abigail reconoce en ella su propia risa…

La Madre la encuentra, desvanecida en el suelo, caída de la cama, con las sábanas empapadas aferradas a sus manitas. No es nada, solo otra pesadilla.

Y la niña Abigail se ríe, muy muy bajito, para que no oiga su risita enloquecida, mientras se despide hasta mañana de los ojos amarillos que la esperan al otro lado del espejo.

“Ven a jugar conmigo, Abigail…”

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