ABIGAIL Y EL LOBO

Buena hora-entre-horas, (ya) querido lector invisible, más constante que hace una temporada.

Esta mañana le he dicho a alguien (le he escrito, más bien, vivimos tiempos raros de comunicaciones a las que no sé muy bien qué nombre dar) que tenía una gran frase de inicio. Willy G.Christmas, uno de los escribientes del estupendo blog http://laculpaesdelscript.com/ , hoy era “El Hombre que ya no tenía un Perro en la Cabeza” , y esa es, como poco, una frase genial para una historia, aunque temo que me tomara a cachondeo cuando se lo dije. A veces, no, casi siempre, creo que no me explico muy bien. A veces, no, casi siempre, creo que no soy capaz de hacerme entender.

Pues deja ahora que te cuente una pequeña historia, Willy G. Christmas. Un día encontré un dibujo, por estos mundos virtuales. Era una pequeña ilustración, no muy buena, pero detallada, de una niña pequeñita frente a su imagen oscura en el espejo. Al pie de ella, una frase, una buena frase. Ven a jugar conmigo, Abigail. Ahí había una historia.

Igual que creo que hay una historia en ese hombre que ya no tiene un perro en la cabeza y ahora puede escribir. Después de todo, la mejor frase de inicio que he leído jamás reza algo tan sencillo como “El hombre de negro huía a través del desierto, y el pistolero iba en pos de él”.

Unas pocas palabras que inician una gran historia.

Ahora, deja que te cuente el cuento al que dio pie esa pequeña frase.

Ven a jugar conmigo, lector invisible. En la hora-entre-horas.

ABIGAIL Y EL LOBO

Esta pista de patinaje urbano, brillante de hielo… Trajo el amanecer una lluvia de pequeños meteoritos congelados, un rocío invernal, que cortaba las mejillas y hería los ojos al mirar, dejando el paisaje gris barnizado de peligro.

La ciudad. Esta Tunguska estéril tras la explosión, destruida por demasiados megatones de indiferencia. La ciudad. Un animal salvaje, mulo y voraz. Una madre que se come a las crías que nunca parió.

Sus zapatitos limpios como espejos repiquetean todo lo rápido que pueden, que no es mucho. Los limpió esta mañana, con suma pulcritud. Zapatitos de charol, tan pulidos que la madrastra de Blancanieves podría hacer sus preguntas en ellos…

“Espejo, espejito mágico, ¿quién es la más bella del reino?”

Lleva prisa, porque es pronto. No debe tardar, porque nadie la espera. La niña Abigail vive en un mundo contradictorio, y va, y viene, y se queda quieta. Salta y se esconde, se agacha y rueda, se asoma y se aleja… Lleva prisa, como todos los animales pequeños. Y todavía no ha aprendido a esconderse bien.

Tiene libros de cuentos llenos de hojas negras y caras blancas. Y a veces, por las noches, las máscaras de la pared pasan las hojas y le cantan las historias que no ve. La niña Abigail no tuvo quién le enseñara a leer.

“Espejo, espejito mágico, ¿quién es la más pequeña del reino?”

Y es tan pequeña, y sus zapatitos tan rápidos, que la muchedumbre no puede arrastrarla. Sus pasitos cortos y veloces la llevan a contracorriente, cruzando calles, bajo los soportales, sobre las resbaladizas aceras, sorteando vallas, socavones, esquivando coches, colándose entre los transeúntes que nunca la ven.

Un portón de madera vieja como La Ciudad. Lleno de hojas, de ramas, de flores, de astillas salvajes. No tiene timbre, ni llamador… nada que avise a los que viven en su interior. Solo unos ojos amarillos, que se asoman desde la penumbra de ese bosque de madera entreabierto, unos ojos feroces, que solo la niña Abigail puede ver…

“Espejo, espejito mágico, ¿quién corre más en el reino?”

La niña Abigail es pequeña, pero su angustia es grande. Ha visto los ojos del Lobo que la acecha, y sabe que no puede ir más deprisa que él. Que por mucho que corra, él siempre irá más rápido, que tropezará, resbalará, o llegará a algún callejón sin salida.

Y vendrá el Lobo.

Y le comerá.

Corre. Corre hasta que no puede más. Hasta que el aire le hiela los pulmones. Corre con pasos pequeñitos de charol, con diminutos pasitos de calcetines a rayas. Corre y ya no aguanta más, y, rendida, se sienta en un rincón, sobre el pavimento negro y congelado, esperando que el sol delator no la saque de su escondite de tinieblas. Y se esconde la boca entre las manos, para que no la puedan oír ni siquiera respirar…

“Espejo, espejito mágico, ¿quién tiene más miedo en el reino?”

La madre la encuentra encogida entre las sábanas, temblando. No es nada, solo una pesadilla.

La niña Abigail se ríe solo con sus ojos desquiciados, mientras se mira en otros ojos, amarillos, que la esperan al otro lado del espejo.

“Ven a jugar conmigo, Abigail…”

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