EL PUNTO SIN RETORNO (SOMA V)

Una de las situaciones que más odio es la invasión de mi espacio privado. Me resulta costoso, me altera, tener a extraños alrededor viendo, tocando, poniendo patas arriba un ritmo que me cuesta demasiado volver a coger.

No es para tanto, pensarás, estimado lector invisible (y algo abandonado últimamente), son males necesarios, es la vida real. No es para tanto, piensas, y tienes razón. Pero mi vida es disfuncional y mi cabeza va a una velocidad que  no entiendo ni yo.

Incluso abandono la perezosa rutina de la escritura en la hora-entre-horas y me asomo un poquito a la luz suave de una tarde otoñal que no hiere demasiado, solo para que tú, lector imperceptible, recibas si gustas la última parte del Soma original.

La última. Ella también fue la primera. Soma marchó y las palabras se quedaron. Fue magia. Pura magia.

Una de esas cosas que solo pueden suceder en la hora-entre-horas.

SOMA V (EL PUNTO SIN RETORNO)

Con el tiempo devorándome en silencio, llegó la sequía absoluta. La nostalgia pegada al paladar con esparadrapo quirúrgico. Las palabras que no salen, obstruyendo en la garganta, comprimiendo el pecho como si llevara un yunque colgado al cuello. No hay salida, en este laberinto sin principio ni final. Solo hay… paradas obligatorias en todas las estaciones, puentes sobre asfalto gris donde aprender a volar…

Y de pronto, la certidumbre… de haber llegado. De ya estar aquí, en el punto sin retorno.

Bienvenidos a casa.

Camino… en línea recta, para seguir este ritmo desacompasado. Las estancias secretas de mi cabeza me parecen cada vez más pequeñas y oscuras, invadidas de diminutos fotogramas escarlatas que no recuerdo. Llevo clavados en los pies los restos de los dioses que fui dejando muertos por el camino.

Y mis ojos no ven más que la luz difusa de otro amanecer roto.

La madriguera del conejo me lleva al desierto químico que hoy veo más brillante que ayer. Quizá… quizá ya he aprendido a no ahogarme en la arena, tan suave, tan cálida, mi útero materno privado, mi deliciosa forma de… volver a casa. Mi paraíso, un edén sintético y desesperado, de silencio aséptico y absoluto.

Mi… punto sin retorno.

Como un adiós prematuro y voluntario. Un exilio escogido, una abducción programada. Un exorcismo justo a tiempo. Tal vez esto sea parte de la felicidad que me tocó en el sorteo amañado de Los Justos. Tal vez… Dios también esté de vacaciones este fin de semana.

Un nuevo caramelo de felicidad encapsulada cada ocho horas. Paraísos trágicos en parajes lóbregos. Ángeles sin alas elevándose a la velocidad de la luz. Cartas marcadas disueltas en trementina, manchadas de lápiz de labios y terror.

Mi hambre saciado de nuevo, esta prisión adictiva de sangre y fotos, y miedo, y espasmos…

Y de nuevo, atravesar el espejo para encontrar la senda de la realidad. Mi sonrisa suena cada vez más a cristales rotos. Y otra vez a esperar, asintiendo a los que preguntan, sin oír, sin hablar, sin pensar… Esperarte de nuevo, mi elixir de eterna juventud, mi pequeño edén blanco y dulce.

Mi caramelito envenenado.

Mi… SOMA.

(Volveré… con cintas negras para tu cabello. Píntate los ojos de negro y espérame…)

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