UN LOCO Y UNA IDIOTA (SOMA IV)

He dudado, lector invisible.

No sabía si escupir unas frases escritas hace tiempo pero espantosamente adecuadas para el momento actual, o seguir con otro gramo de Soma. Me he decantado por lo segundo por varios motivos.

El primero de ellos es que, aunque ciertamente demente, Soma llegó para quedarse y ahora es una mascota inofensiva, domesticada. O eso quiero pensar. Al menos, Soma es anestesia y olvido. Que no es poco.

El segundo es… que a pesar de que la sombra de la muerte y el dolor siempre es más alargada en esta época (mil veces maldito seas, Octubre, mil veces y otras mil más), aún quiero no creer. Aún quiero no ver. Necesito guardar esas palabras y pensar que pueden esperar, que no las necesito. Que todo va bien. Que todo va a salir bien.

Aunque algunas tardes, en la hora-entre-horas, mientras llueve, eso no me lo crea ni yo.

Pero no vuelvas a decirme que todo va bien.

SOMA (IV)

UN LOCO Y UNA IDIOTA

Tengo un loco dentro de mí que grita
(y él tiene dentro de sí un idiota que llora)
Ese loco, al que nunca vi la cara. Ese loco, que me cuenta a mil años luz de distancia, que es un error vivir, que de recién nacidos deberíamos suicidarnos.

Es un loco triste, que fuma sin descanso, con su voz ahogada por el alcohol y las pastillas. Me cuenta cuentos que no entiendo desde su ventana sucia, a la luz de las mismas estrellas que veo cada noche. Pero está demasiado lejos.

Yo le miro, y me pregunto qué cataclismo le dejó ahí. Qué hecatombe le marcó los surcos del rostro, le hundió los ojos, le ajó las manos. Cuantos cientos de vidas por vivir han surcado esos pies viejos y callosos. El me habla, directo a la sien, como un balazo, como un estallido de luz, como un relámpago que de pronto ilumina la consciencia y me hace pensar a mi también que la memoria te trae que poco a poco nos estamos muriendo.

Soy una idiota que llora, y que a veces no sabe ni por qué, que fumo sin descanso, con la sonrisa congelada por las pastillas. Le cuento cuentos que no oye desde mi ventana pequeña, a la luz de las mismas estrellas que no sé si él ve cada noche. Pero estoy demasiado lejos.

El no me mira, porque no me conoce, y no se pregunta nada acerca de mí. Pero yo le hablo, y le miro a los ojos, y le cuento historias de niñas tristes que no sé si entiende. Y pienso, una y otra vez, si no es demasiado tarde para dejar de consumirme como él se consumió. Si vale la pena, como él me contó un día, que hay que sacrificar la vida al comercio del lenguaje.

Tengo un loco dentro de mí que grita. Soy una idiota dentro de él… que llora.

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