A LONG TALE TAIL (III)

QUE LE CORTEN LA CABEZA

Dejadme de hablar, no me hace reír. La gente normal se podía morir. Nana nana nana nanaaaa… “

Hoy María apenas sonríe. Mi sonrisa sin gato está dolorida y confusa. Tiene al mundo como enemigo y no sabe por qué. No puede entender lo malvado, lo cruel, es demasiado inocente para comprender que es distinta, peligrosa, que los monstruos de los sueños también viven en los colegios y no la dejarán escapar. Nunca podrá correr lo suficiente. Igual que yo tampoco pude. Igual que otros muchos antes que nosotras.

Los habitantes de la habitación blanca somos silenciosos. No pueden juntarnos con los otros. Parece que hasta entre los locos hay estratos sociales, qué curioso. Me contaron que se ponen nerviosos, incluso violentos. Los chicos del Haloperidol batallando contra el comando del Litio. Tiene su gracia morbosa. Y hoy, en la habitación blanca y silenciosa de la culpabilidad, hay una niña que no puede ni sonreír por el dolor.

María tiene el ojo izquierdo morado y apenas lo puede abrir. Su boquita está hinchada y herida y tiene puntos en la frente. Cada vez que intenta reírse, el dolor puede más que su alegría forzada, que sus ganas de sentirse bien. El Caballo Rojo la ha machacado a puñetazos en el recreo, y no había ningún Caballo Blanco para rescatarla. El malvado, malvado Caballo Rojo, en forma de niña ignorante, que no entiende que María solo es alguien frágil y perdido, que solo es peligrosa para sí misma.

“El psicólogo del colegio me ha echado a mí la culpa. Dice que no tendría que haber contado nada, que esto es secreto. Que es algo… malo. ¿Comprendes? Papá se ha enfadado, claro, él dice lo mismo que el loquero, que hay que ¿Cómo se dice? ¿Normalizarlo? Eso es, normalizarlo. ¿Tú lo has normalizado?”

No, María, no. No lo he hecho. Este estigma debe ser escondido, alimentado con pastillas para que no se note, tapado por unas gafas de sol para que nadie te vea los ojos vidriosos y dilatados, estimulado por café color negro agonía los días que tienes que moverte y no puedes, aplacado por valium color blanco hospital los días que tienes que pararte y eres una especie de perpetuum mobile descontrolado al borde de un abismo con forma de suicidio.

“Me vieron las heridas del brazo. En la fiesta de fin de curso. Yo no quería ponerme la malla, papá dijo a la profe que no se la ocurriera. Pero ese día me obligó. Y me lo vieron. Una que era mi amiga antes dijo que me había visto con el compás haciéndomelo. Y luego… Luego ya sabes. Los golpes, me llamaron cosas. Decían que un día iba a ser como el loco ese de la escopeta y que iba a matar a todo el mundo. ¿Comprendes?”

Y otra vez, me sentí incapaz de contarle la verdad. Que si algún día coge una escopeta será para metérsela en la boca y disparar. Que el selecto club de los bipolares solo aprieta el gatillo cuando tiene la pistola contra su propia sien. Que si tenemos un cuchillo de la mano, no nos vamos a cargar a nadie. A nadie que no tenga nuestro nombre. Nuestra cara. Para acabar con tanto dolor. Para poner fin a este purgatorio de una vez por todas.

“Tienen miedo, María. Porque no comprenden. Ni escuchan. Ni quieren entender que no somos peligrosos, solo somos… diferentes. Tú eres especial. Eres una flor maravillosa y silvestre en medio de un rosal domesticado y con espinas. Y, te muevas adonde te muevas, te pincharás con todas, te herirás, pero no dejes que te arranquen de cuajo. En este jardín salvaje hay sitio para todos, aunque no seamos parte de esos rosales. ¿Comprendes?”

María sonríe a pesar del dolor que cruza sus ojos como un relámpago. Aunque tenga amoratado el corazón por golpes que no entiende de donde vienen. Aunque otra crisis esté a punto de llevarla al hospital como me enteré después. Y esa sonrisa me vale, para aguantar otra semana. Para no dejar colgada a María en este mundo desquiciado. Tu por mí y yo por ti, María. Aguantamos una semana más. Y con eso nos vale.

“Hasta la semana que viene.”

“Hasta la semana que viene, María.”

En los diez minutos que me quedaban para entrar a la consulta, caminé hasta una librería. Luego, le dejé la bolsa a la enfermera, para que se la diera a María cuando saliera.

La dedicatoria dice aguanta por mí. El libro es Los Renglones Torcidos de Dios. No había otro posible.

Después de todo, no somos más que eso.

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