FINALES (COUNT TO SIX AND DIE)

Voy a saltarme la tapa de los sesos delante de todos, cuando estén dando las noticias de las siete.

Fin.

Se acabó.

Ahora… ¿Qué hacemos? Ha caído el telón, todos recogen y se marchan a su casa. Es lo malo de empezar las cosas por el final. Que no hay por donde seguir. Solo queda coger las maletas y largarse.

Son bonitos los finales. Tienen esa textura como de terciopelo viejo de sofá, que en el fondo no te gusta mucho, pero es cómodo y suave y por fin, puedes dormir. Saben a descafeinado de bote a las doce de la noche, ese café que no es café, que es polvoriento y deja un regusto amargo como de arsénico. Huelen a sábanas sin lavar, a tus sábanas, donde acurrucarte y tiritar. A mantas raídas que te dejan con los pies fríos. Son bonitos los finales, sí señor.

Bang. Fundido en negro.

Y mientras la calidez familiar se escurre por la sien, poder hacer recuento. Echar un vistazo a la lista de la compra. Comprobar la lista de tareas pendientes. ¿Nací, crecí, morí? ¿Me enamoré, fui fiel, me quisieron? ¿Hice demasiado daño, me lo hicieron a mí? ¿El balance es positivo o negativo? Al final, en esa salida del túnel, el debe y el haber siempre cuadran. No importa lo que hiciste, lo que fuiste. Solo un bang… y todo está correcto.

Es lo que tiene la preciosa y perfecta simetría de la muerte. El deslizarse suave y delicado a algo que no tiene principios, solo finales.

Porque… de eso va todo el asunto, ¿verdad? De los finales.

De acabar con todo, sin preocuparte de los que llorarán, de los que te recordarán. Pero… desengañémonos, esto no es una película. Nada dura, todo cambia. Da igual morir en directo en un telediario que hacerlo en la soledad de un rincón. No importa, porque todo pasa. La memoria no es eterna. Dirán, durante un tiempo, fue una buena persona. Dirán, quizá, la quería tanto. Dirán, si te portaste bien, qué gran legado nos deja. Y un día llegará el final.

También los recuerdos llegan a su fin. También la mente se deshilacha y se pierde en el viento…

como lágrimas en la lluvia.

Pero, oh, pero… aún no. Mi pistola no tiene balas, ¿no os he contado eso ya? Por eso es tan peligrosa. Porque está vacía. Porque poco a poco, día a día, llenaré ocho pequeños espacios, los llenaré hasta el límite, hasta que no quepa nada más. Yo sola fabrico mi munición. Yo sola soy una pistola. Y solo yo puedo hacerme daño.

Y entonces… Todo será perfecto.

Fin.

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