A LONG TALE TAIL (II)

EL CONEJO BLANCO

“If you woke up at a different time, in a different place, could you wake up as a different person?”

La sonrisa de María tiene vida propia. Echa a andar por los tejados, mirando ávida de vida y música, se esconde tras las chimeneas, corretea por las azoteas. Se pegó a la suela de mis botas y ya no quiso separarse. María y su pelo de trigo encendido, mi sonrisa sin gato.

En nuestra sala vacía de todo y llena de nada nos encontramos otra vez. Se sentó frente a mí, guiñando sus ojos heridos por el sol. Camiseta verde y vaqueros rotos en el dobladillo, otra vez como yo. ¿Será María mi parte luminosa, la otra cara de esta moneda desesperada? ¿Será que simplemente… entre nosotros nos reconocemos?

“Hoy estás tú antes. No te he visto estos días. ¿No viniste?”

María taladra con sus preguntas. Su voz, pequeña como ella, pero firme, se me clava en la nuca y en la memoria. Te mira y exige respuestas, reclama atención, mi pequeña tirana dadivosa y cruel a la vez, ordena que la atiendas, ya que ella es generosa fijándose en ti. A medio camino entre el Gato de Chesire y la Reina de Corazones, amenaza con cortarte la cabeza si no le rindes pleitesía, si no le coges de la mano en esta madriguera oscura y turbulenta.

“Sigues sin parecer una loca. El psicólogo del colegio ya no quiere verme, ¿sabes? Dice que ya me están… ¿cómo es? Ah, tratando, eso es. Que ya no soy problema suyo. No me gusta que me llamen problema, como mi madre. Este finde estuve con ella, y también me dijo eso. Pero no me disgusté, ya sé que no me quiere tanto como mi padre, por eso compra tantos regalos. ¿Comprendes?”

Hace dieciséis años dije algo parecido, mientras mi cabeza daba vueltas y vueltas y no entendía qué parte de mi explicación era la que se le escapaba a toda la gente. En nuestro pequeño imperio, en los días buenos, todo va bien. En los días malos, qué más da, si tampoco se lo vamos a contar a nadie. Si lo vemos todo, lo entendemos todo, lo tenemos… casi todo. Es como vivir en un hermoso palacio por fuera y podrido por dentro. Y los que no viven allí no comprenden. Nunca lo hacen.

“Comprendo. Sé qué es lo que te importa. No son ellos, eres tú. ¿Qué tal va… el resto?”

“Regular. Me dieron pastillas para no soñar y vomité. Las de ahora son mejor, estoy tranquila. Ahora también voy al médico de los locos de verdad, después de que la otra me diera papeles y dibujos, y me hiciera escribir mi historia. No tenía ganas, así que inventé cosas y se lo tragó. Pero luego papá se enfadó conmigo. Dice que aquí tengo que contar siempre la verdad, para que me ayuden. Eso es una tontería. Ellos no entienden. ¿Comprendes?”

Ni lo harán nunca, Reina de las Sonrisas sin Gato. ¿Cómo va todo? Eso dicen. Respondes que bien, que todo va bien, y te vas. Poco va a cambiar el que te atrevas a decir que a veces el suelo se mueve como si estuvieras en un vagón de metro, que las paredes se te vienen encima, pintadas de rojo sangre, que esas marcas en los brazos… no te las has hecho jugando con tus amigos imaginarios.

“Tuve que inventarme amigos normales para que dejaran de hacer preguntas. Y fiestas de cumpleaños felices, risas, cosas bonitas. Las mentiras son más fáciles de creer para ellos. Pero con suerte, un día encontrarás a alguno que te pille, que quiera oír la verdad. Que quiera…”

“… evitar que coja el cuchillo otra vez. Comprendo.”

María piensa y arruga su nariz pecosa. Y se hace aún más pequeña en su butaca de cuero. Pero soy incapaz de acercarme y darle el abrazo que necesita, de mentirle y decirle que todo irá bien, que van a ayudarla. Aparece la enfermera, para llevarla a otra sesión con una médica que jamás sabrá nada del infierno, porque solo intuye de lejos lo que nosotros queremos contarle. María se levanta, con la cabeza gacha, los hombros encogidos. Ya no es más que otra niña que se perdió al otro lado del espejo.

Cuando está a punto de cruzar la puerta, ya le he dado un papel con mi número de teléfono, sin tener ni idea de lo que estoy haciendo.

“María… Si alguna noche es demasiado negra, si algún día todo brilla tanto que no puedes ver, si no puedes más… Llámame. Cuando sea, a cualquier hora, cualquier día. No te hagas daño. Yo… comprendo.”

Y me sonrió. Su carita triste me contó que ya no se sentía tan sola, que quizá, si le daba la mano, no saltaría al abismo. Tal vez no pudiera evitar que la llama que brillaba en sus ojos se extinguiera hasta convertirse en un ascua de luz parpadeante y enfermiza, que se hiriera para sentirse viva, que el corazón se le volviera negro de tanto chillar. Pero no iba a dar el salto. No debía. No… podía.

Ojalá pudiera sacarla del infierno…

“¿Hasta la semana que viene?”

“Hasta la semana que viene, María…”

Cuando cerró la puerta, yo ya estaba llorando.

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