A LONG TALE TAIL (I)

MARÍA

He visto a menudo un gato sin sonrisa , pero no una sonrisa sin gato. ¡Es la cosa más curiosa que he visto en mi vida!”.

Los gatos sonríen más que muchas personas. Y no hace falta ser Alicia en el País de las Pesadillas para ver una sonrisa sin gato. Y que esa sonrisa eche a andar tras de tí y te persiga. Una sonrisa que quiere ser amiga tuya. Así es la sonrisa de… digamos que se llama María.

María tiene pecas en su naricita respingona y sus ojos azules se le hacen muy muy pequeños cuando se ríe. Tiene el pelo a media melena, de un color especial, medio dorado, medio naranja, como uno de esos anillos de boda muy pulidos y brillantes.

Me senté frente a ella en una sala vacía de gente y llena de revistas de años pasados, cabreada por el retraso que iba a tener el resto de la mañana por culpa de la huelga de médicos. Estaba sentada en una butaca, guiñando los ojos por el sol, y balanceando las piernas que aún no le llegan al suelo. Llevaba la misma camiseta gris que yo, y vaqueros desgastados.

También iguales a los míos.

“Si vienes a ver a la médica, yo estoy antes.”

Coño, niña, acabo de sentarme y ya estás marcando el territorio… No tendría más de once o doce años. Qué autoritarios son los críos últimamente…

“No maja, yo vengo a ver al otro.”

“Ah, al de los locos de verdad…”

Y si quieres, vuelves a por más. Vaya con la nena, ha salido peleona.

Después de diez minutos que parecieron diez horas, mirando el Hola sin enterarme de quién era la mitad de la gente, aparece una enfermera para anunciar un nuevo retraso. María se encoje de hombros y me mira.

“Pues no pareces una loca. ¿Por qué no te quitas las gafas?”

“Porque entonces a lo mejor sí que lo parezco…”

“Soy María. Me han traído aquí porque el psicólogo del colegio no me entiende. Él cree que estoy mal porque los niños se ríen de mí. No tengo madre, ¿sabes? Bueno, si que la tengo, pero solo cada quince días. Yo sé que no es raro, vivir con un padre y sin madre, pero tengo en las tripas una cosa que da vueltas y no me deja entender… ¿Comprendes eso?”

María… Hubiera sido mejor que me hubieras pegado un tiro, en serio. Me acordé de la imagen de otra niña, pero ésta era morena, con el pelo más largo y mucho menos moderna, en otra sala distinta pero igual en el fondo, hace dieciséis años, esperando para intentar explicar que su cabeza lo entendía todo, pero no era capaz de… nada.

“Comprendo. Una vez tiré a una niña a un pozo porque se rió de mí. Porque yo no tenía padre. Vivía con mis abuelos, asi que en el fondo, si que lo tenía, pero…”

“Comprendo.”

Eso es cierto. Tiré a la repipi de la clase a un pozo en segundo de EGB. Tampoco fué tan dramático, el pozo estaba en el patio del colegio y lo habían llenado de cemento, así que la dolió más el orgullo que el porrazo.

“Y tú… ¿Qué haces aquí? Sigues sin parecerme una loca.”

“Yo… Creo que solo busco a alguien que me explique por qué me cuesta tanto lo que a los demás les parece tan fácil. Como si estuviera en una carretera viendo los coches pasar y no pudiera moverme…”

“Comprendo. No hablas de cosas como ser lenta al hacer los deberes, ¿verdad? Hablas de que el cola cao al girar a veces te hace llorar. De que algunos días todo es negro y quieres gritar. Y otros días todo es blanco y te ríes tanto que parece que te mueres.”

María piensa, se le nota en la cara. Aparece la misma enfermera para llevarla dentro. Se levanta, y antes de andar tras ella, me mira, con sus ojos azules muy abiertos, muy tristes, muy ancianos…

“Oye, ¿ésto se cura?”

¿Y qué responder ante tan demoledora pregunta hecha por una niña de once años en la consulta de un psiquiatra? ¿Que no? ¿Que ésto no ha hecho más que empezar? ¿Que los gritos van a devenir en espasmos y los días que parece que te mueres vas a intentar morir de veras? ¿Qué nadie va a entenderlo, que no hay forma de explicarlo? ¿Que si hoy estás mal, mañana será aún peor?

Creo que María lo entendió sin necesidad de responderla. Y me sonrió. Con una sonrisa luminosa, pero más propia del Gato de Chesire que de una niña. Gracias, María, por tu sonrisa felina de pequeña niña al borde del precipicio. Gracias por ser mi gato, gracias por dejarme ser tu Alicia.

Al menos por un rato.

“Hasta la semana que viene.”

“Hasta la semana que viene, María…”

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